Huyendo de la crisis en la construcción, la mano de obra española se marcha a reconstruir Gaza
¡Vente a Palestina, Pepe!

Vicente Prenafeta, de profesión paleta, perdió su trabajo en la obra por culpa del parón inmobiliario. El lunes hizo el hatillo, cogió por banda a la mujer y los niños y hoy aterrizaba en la franja de Gaza, escondido en un avión de ayuda humanitaria. Contemplando los edificios destrozados por el bombardeo israelí, plantó las maletas en el suelo y, frotándose las manos, dijo: «Bueeeeno... ¿Por dónde empezamos?»
No es el único. Miles, centenares e incluso decenas de parados del sector de la construcción acuden allí donde son necesarios. Las pautas de inmigración de los últimos años se están invirtiendo: si antaño los magrebíes llegaban a la península con una mano atrás y otra delante a ganarse el primer euro en lo alto de un andamio, ahora son los españoles quienes cruzan el Mediterráneo para seguir poniendo ladrillos. «Sin papeleos ni impuestos, eso sí, que esto es Israel y los funcionarios barren mucho para casa», remarca Prenafeta, que por ahora se limita a captar clientes mediante anuncios fotocopiados que cuelga en cualquier pared que aún se tenga en pie: «Refolmas Prenafeta, serios y pofresionales», rezan sus octavillas, escritas en árabe conservando las mismas faltas de ortografía.
El último mono de la obra
José Carbajuelo, otro emigrante español en suelo palestino, optó en cambio por pedir trabajo en una obra. «Empiezo desde abajo, y como soy el de fuera y cobro en negro, gano poco, me han dado un casco de papel de estraza y mis compañeros me llaman ‘Copito de nieve’. En definitiva, ahora sé cómo se sentían los mustafás que teníamos en la obra allá en Levante, pero al final bien que nos hicimos amigos con ellos, y además, qué cojones, ¡la litrona de Xibeca hermana a los pueblos!»
Las autoridades locales predicen que si el entusiasmo constructor español se contagia a Palestina, la franja de Gaza podría convertirse en la nueva Costa Blanca, con edificios construidos a dos palmos de bajamar. «Otra costumbre española que exportamos», celebra José, que ya ha emborrachado a la mitad de la obra a las diez de la mañana, y eso que el Corán prohibía beber. «Eso es mestizaje de ese que nos gusta tanto a todos, ¿no? ¡Pues hala, salamalekún y que dure, que dure!»