De la apabullante serie «'El jueves' investiga: qué fue de...»
Bea, de «Verano azul»: «¡Ya soy menopáusica!»

Para todo un país, el paso de Bea de niña a mujer supuso una piedra miliar no ya en los anales de la ficción televisiva, sino en la historia contemporánea. Una fecha marcada por el suspiro cómplice de millones de espectadoras, adolescentes y adultas; por la sonrisa autosuficiente de Bea, cortejada y venerada por los aborígenes de la Costa del Sol; por los diálogos picantes con que se recreó Antonio Mercero (el Joss Whedon de las Vascongadas); incluso por el aumento de la población de tiburones en las playas de Nerja, atraídos por el copioso flujo menstrual que tiñó las aguas. Pero, ¿qué suerte corrió esa señorita, cuando la pubertad hubo hecho lo que tenía que hacer?
Para descubrirlo, el equipo de Qué fue de ha atravesado medio país, de Barcelona a Málaga, en bicicleta y silbando la melodía de Verano azul para entrar en materia. Llegamos a la Costa del Sol –con un enfisema pulmonar cada uno–, donde se encuentra el domicilio actual de Pilar Torres, Bea en la pantalla. Y es que Pilar, aunque no ha asistido apenas a eventos nostálgicos ni, de hecho, ha seguido actuando, quedó marcada como el que más por aquellas vacaciones ficticias. Ahora emula al personaje de Julia, dedicada a la pintura, viviendo en un caserón colgado de un acantilado sobre el Mediterráneo, lejos de los fans y la prensa: «No he querido vivir del mito de una serie encumbrada por treintañeros que se niegan a crecer. A menudo pienso que la serie no era tan buena: es que no había otro canal.» Nosotros le damos la razón, porque venimos con seis palmos de lengua fuera y la cabeza a punto de explotar con la dichosa sintonía, y ahora mismo la serie nos parece una mierda pinchada en un palo. Pilar nos enseña sus cuadros, en su mayoría marinas y atardeceres tomados desde la misma ventana. «No siempre me dediqué a esto: fui enfermera, y médico, e investigadora; esto es sólo mi trabajo de los últimos diez años. Ah, y como médico, descubrí la vacuna contra la hepatitis C.»
Pilar está magnífica, con ese esplendor que el sol y el mar de fondo consiguen arrancar incluso a las señoras de cincuenta tacos. Contemplándola (desde otra habitación, porque es difícil abarcarla de un solo vistazo), no podemos evitar preguntarle: «Bea... ¿aún eres mujer?» «Más que eso», responde, sonriente: «Soy menopáusica. Sufro sofocos en pleno invierno, hago tai-chi, y leo el consultorio sexual del Cosmopolitan sólo para descojonarme. Y el año pasado recogí a un gato abandonado; ayer los conté, y eran diecinueve. ¿Se puede ser más mujer que eso?»
No se puede, y nos alegramos mucho por ella. Le compramos una acuarela cada uno y nos despeñamos por el acantilado al volver a la playa. Verano azul: ¡cuánta leyenda!