La muy alta y muy latina política de estado del Cavaliere don Silvio
Al Cavaliere le gustan guapas y jovencitas, en la cama y en las listas electorales. Los que lo conocen bien aseguran que, fiel a su muy alta y muy latina visión de estado, no estando seguro de quiénes eran las personas más validas para integrar las candidaturas de su partido, ha seguido a rajatabla el popular e irrefutable dicho que reza «ante la duda...».
No, no es tonto el Cavaliere, es primer ministro, y de Italia, ni más ni menos, y dueño de bancos, televisiones, periódicos y un equipo de fútbol, y le gusta vestir bien, engominarse, tener muchos yates, mansiones y ferraris. Y como no es tonto, se lleva a sus amiguitos y amiguitas en el avión presidencial a su palacete de Cerdeña para que conozcan de primera mano la buena vida que lleva un mandatario del G-8, compartan con él los elixires que proporciona tamaño cargo y luego, como los apóstoles, vayan por ahí predicando las excelencias del Cavaliere para regocijo de ese amado pueblo que lo venera en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza.
Así es Berlusconi, una versión más avanzada que el prototipo español de Julián Muñoz, más lúdica que la de Ruiz de Lopera –Don Manuel, por supuesto, manque pierda– y mucho mejor diseñada que la del bolivariano «presidente aló» Hugo Chávez, ex sargento tripero. Algún día todos los mandatarios serán así. Y nosotros que no lo veamos, por Alá y por aquí también.