De la lustrosa serie «‘El Jueves’ investiga: ¿Qué fue de...?»
El Chollo: «Sólo me llevé lo que me pertenecía, más los intereses»

Corría el año... bueno, no nos acordamos. Baste con decir que éramos tan críos que nos bañábamos dos veces por semana, y la noche de los viernes contemplábamos hipnotizados la careta del Un, dos, tres, el histórico programa de variedades creado por Chicho Ibáñez Serrador, del que a nosotros sólo nos interesaba un personaje, la mascota con más carisma del mundo (y que aprenda Cobi). Hablamos, por suponido, del Chollo.
Luego el programa cerró y reabrió varias temporadas más, pero el Chollo no volvió a aparecer. Chicho Ibáñez Serrador estuvo encantado de recibirnos y hablar de la época dorada del concurso, pero, cuando le interrogamos sobre el paradero actual de su mascota, frunció el ceño, escupió al suelo y puso fin al interviú aduciendo una urgente necesidad de cambiarse el catéter. No encontramos rastro de la famosa mascota en Televisión Española. Más nos alarma no hallar una nómina, ni un contrato, ni un documento a su nombre (los dibujos animados en nuestro país viven en una especie de limbo jurisdiccional). Volvemos, rendidos, a la redacción, donde nos espera una breve nota manuscrita en tinta rosa: «¿Me buscáis?»
Al preguntarle por su mascota, Chicho frunció el ceño y puso fin al interviú aduciendo una urgente necesidad de cambiarse el catéter.
Nos citamos con el Chollo en un velador de la costa de Gerona. Pese a sus esfuerzos por pasar desapercibido, no es difícil reconocer a una especie de ameba de ochenta centímetros en forma de pera, por mucho que se arrebuje en una gabardina del Simago. Nos invita a una horchata y reclama noticias de Torrespaña: «¿Qué cuenta el viejo? ¿Sigue explotando a los becarios, como siempre?» Así es: parece ser que don Narciso tendía a aprovecharse de la situación irregular de sus personajes animados. «Los dibujos no tenemos convenio», denuncia el Chollo. «Imagínate trabajar como un esclavo a cambio sólo de lo que dicta el exiguo sentido de la ética de un productor de televisión». Por suerte, su natural simpatía le ganó el corazón de una azafata del programa, de nombre Silvia Marsó. «Ella se convirtió en mi cómplice», repone el Chollo, circunspecto, antes de estallar en una carcajada al añadir: «¡Por no decir en mi amante multiorgásmica! ¡Bwa-ha-hahah! Pero, bueno, sobre todo en mi cómplice.» Sólo con la ayuda de Silvia logró escapar de las garras de TVE, llevándose consigo algunos sacos de dinero en concepto de salario atrasado y prejubilación: «No lo conté, pero seguro que no me llevé demasiado, porque los dibujos animados no morimos y la fortuna ha de durar mucho tiempo.»
La entrevista es breve: «He de volver a bordo, con mis socios. No podemos quedarnos más que unas semanas en el mismo puerto: la ley nos ignora, pero TVE nos busca y nos la tiene jurada.» Miramos al embarcadero y nos parece vislumbrar otras dos figuras a bordo de un barco. Una es una enorme bota, y la otra, una calabaza con canotier. «Díganle a Silvia que aún la amo», dice el Chollo al despedirse. Pues eso, Silvia: que aún te ama.
