De la pragmática serie: «‘El Jueves’ investiga: ¿Qué fue de...?»
Steve Guttenberg: «Por fin sé de qué va eso del sexo. Mola.»

Él fue Mahoney, el pícaro cadete de Loca academia de policía, saga de comedias de recuerdo hilarante (como casi todas las comedias que en su momento fueron el tedio), entre otros personajes de un largo currículum que no nos apetece buscar en la IMDB. Un buen día, Steve Guttenberg desapareció del mapa, molesto por su encasillamiento en el papel de golfillo irresistible. Y más molesto aún porque dicha etiqueta, absolutamente injustificada y desvinculada de la realidad, era fruto de una elección de reparto tan nefasta como darle a Jack Nicholson un papel de buena persona, a Christopher Walken uno de persona cuerda o a Elsa Pataky uno, a secas.
«En todas mis películas me bastaba con acercarme a la rubia de turno, probarle mi ingenio con una broma cruel al primer pardillo que pasara, y de ahí cortábamos a la escena en el dormitorio. Mi vida real no podía ser más distinta: soy de esos tíos que nadie percibe siquiera, ¿sabe? ¿Sabe? Oiga, ¿me está escuchando?» Le pedimos disculpas: nos hemos distraído mirando las nubes. «En fin; intenté aplicar las técnicas del cadete Mahoney a mis relaciones, y fue un fracaso: mis desafíos a la autoridad se entendían como chanzas pueriles; mis piropos resultaron ser insultos machistas. Una lesbiana a la que le entré por error con una frase de Loca academia I me rompió el coxis de una patada en los huevos, y durante dos años consideré ese breve intercambio como mi pérdida de virginidad.»
Pero Steve aún quería ser «guay», al menos una vez, en la vida real. Una mañana del 93, dejó el cine y, ya de paso, la casa de sus padres, para venir a España: «Todos mis amigos concordaban en que las chicas más fáciles del mundo se hallan en Ibiza». Y en esta isla le encontramos, convertido en un hombre nuevo. «No pretendía que el cambio fuera de un día para otro, pero en los dos primeros años, durmiendo en el coche desvencijado que compré de segunda mano, lo aprendí todo; bailé, bebí, viví y conocí el amor». Y ahí sigue, aparcado en la arena. Para los isleños y los turistas es «Esteban, el del Súper Mirafiori de la Cala Almejorra». Como ligón, sigue colando poco, porque los cimientos ya no eran buenos y la alopecia no ayuda, pero su sonrisa, si no irresistible, es por lo menos sincera, y eso le ha hecho popular.
Hoy, un juez local quiere embargarle el coche, considerándolo vivienda ilegal y contaminación paisajística. Pero a los guiris les cae simpático, a la manera de un abuelo entrañable, y le defienden. La última imagen que tenemos de Steve es sobre el techo de su coche, rodeado de nórdicas en bikini que aprietan sus partes acolchadas contra él mientras cantan «del coche de Steve Guttenberg, no nos moverán».