De la ambigua serie «‘El Jueves’ investiga: ¿Qué fue de...?»
Boy George: un chico encerrado en un cuerpo anciano

Concertamos la entrevista con Boy George en su domicilio actual, una casa adosada en Bradford, Inglaterra. El viaje en low-cost y el barrio obrero de altas chimeneas y secundarios de Trainspotting nos descolocan. Asociábamos a Boy George con el envoltorio de glamour y opulenta decadencia del New Romantic, cuando su grupo Culture Club barría las listas de éxitos y él se desenvolvía como un pez andrógino en aquella piscina de ambigüedad sexual y drogas psicodélicas. Pero hoy venimos a visitarle a una austera casona de ladrillo con buganvillas en la verja, y somos recibidos por una afable anciana encorvada que nos ofrece té y tarta de pera.
«George me avisó de que vendrían», dice la señora, haciéndonos pasar a un rancio salón con largos manteles floreados y butacas que pican en la nuca. «Así que escriben ustedes artículos de nostalgia, ¿eh? Son de esa generación que a los treinta y pico ya están idealizando la adolescencia... Cuando tengan mi edad, serán tan infelices...», vaticina, burlona. «Esperemos que mi nieto no se retrase mucho.»
Una viejecita encorvada que nos ofrece té y tarta de pera: «Esperemos que mi nieto no se retrase mucho»
Pero se retrasa, desgraciadamente, y nuestra anfitriona, sea en un intento de adelantarnos contenidos, sea por llenar el tiempo, distrae la espera con algunas anécdotas. «Es bonito que la gente aún se acuerde de George», concluye. «Significa que su música les hizo pasar buenos ratos. George era muy feliz en aquella época, pese a las malas influencias. Nunca entendí ese gusto suyo por vestirse de mujer. Ni ese interés en las pastillas», añade, justo antes de engullir una píldora junto con un trago de té. «Pero, claro, no iba a ser un niño eternamente». Transcurre una hora entera hasta que la dulce ancianita, arrebujada en su chal mientras mira por la ventana, repone: «Es posible que George no venga hoy. Esta mañana, mientras desayunaba, ha leído esto en el periódico». Y nos señala una breve columna del Times con el titular: «La policía busca a Boy George por un presunto fraude con recetas médicas».
Asentimos, comprensivos: otro artista de capa caída. Nos despedimos de la anciana, agradeciéndole la merienda. En la calle, dos inspectores de Scotland Yard que estaban interrogando al cartero nos ven salir de la casa. «¿Vienen ustedes de visita?», nos preguntan. Les contamos que somos periodistas y que Boy George no está en casa, pero que hemos salvado la entrevista gracias al rico anecdotario de su señora abuela. Los agentes deciden llamar a la puerta entonces. Mientras, el cartero nos susurra: «No sé con quién han hablado ustedes, pero el señor George O’Dowd tiene casi cincuenta tacos y su abuela cría malvas desde hace tiempo». Nos volvemos de pronto hacia la casa, a tiempo para pillar a la supuesta anciana guiñándonos el ojo, mientras hace pasar a los policías, con promesas de té y tarta de pera. No es otro artista de capa caída. Es un puto genio.