De la obsequiosa serie «‘El Jueves’ investiga: ¿Qué fue de...?»
Limahl: «Vivo en la carretera, aparcado en un blues»

En 1984, Wolfgang Petersen decide adaptar al cine el libro de Michael Ende La historia interminable, decisión tan celebrada entre millones de niños de la época como lamentada por el mismo Ende. Y por ende, una campaña masiva acompaña al estreno y las radios repiten dos veces cada diez minutos el single de la banda sonora compuesta por Giorgio Moroder, interpretada por el ex líder de los recién disueltos Kajagoogoo.«Fue un arranque magnífico para una carrera en solitario», afirma Christopher Hamill, alias Limahl, autor de un gorgorito en la frase «NeverEnding Sto-ry-y-y-y...» que por sí solo justifica su presencia en el panteón musical de los ochenta. Esto es, sin menoscabo de un look personal que contribuyó a hacer de esa década uno de los momentos estéticos más inolvidables (a nuestro pesar) de la historia. Para que se hagan una idea, Limahl era una mezcla entre Ramoncín, Los Caños (todos ellos) y el maestro Splinter de las Tortugas Ninja; y 25 años después, no ha cambiado gran cosa, salvo por el hecho de que antaño tenía un tocador y hoy se arregla cada mañana con los potingues de la guantera, frente al retrovisor del viejo utilitario en el que vive. Suerte que también tiene menos pelo que peinar.
«Tras el éxito de La historia interminable, decidí apartarme de la radio y de la televisión mientras estaba en lo alto. Así convertí la obligada caída en un pacífico descenso de esquí», bromea Limahl, que no tiene complejos, como prueban sus patillas. Decidido a centrarse en los directos, reunió una nueva banda y emprendió un incansable tour de carretera por Europa. Convive en el coche con sus teclados, amplis y bafles, y acompaña al autobús en el que viaja el resto de la banda. «Necesito mi espacio propio para desplazarme con más comodidad», explica. «Y también porque, bueno, al principio tenía que huir de las ciudades donde tocábamos con cierta prisa, ya que Michael Ende me perseguía para matarme. Gracias a este coche, sigo vivo.»
Y gracias a él, sigues en los ochenta, Limahl. Por favor, no te asomes nunca al siglo XXI. No soportarías el cambio.