Ya son el terror de los domingueros
Bandas de abuelos abandonados en gasolineras se especializan en el robo de coches

De estremecedor puede calificarse lo sucedido a la familia Martínez-Gallofré al hacer un alto en su periplo vacacional en un área de servicio cercana a Plasencia. Cuando regresaban del minimarket cargados de refrescos, aperitivos y pornografía de los setenta, descubrieron que el R-12 en el que viajaban les había sido sustraído por el mismo empleado que les tenía que cambiar el aceite. Las cámaras de seguridad, sin embargo, desvelaron que el mozo era en realidad un tal don Emilio Pejenaute, de 82 años, abandonado por su familia en la misma estación. Perdido en tierra extraña y sin recursos, pronto contactó con otros ancianos en su misma situación, que se confabularon para escapar a costa de otros domingueros. Don Emilio noqueó al mozo del túnel de lavado a base de contarle anécdotas de la guerra, le quitó el uniforme y le suplantó. Así logró apoderarse de las llaves del coche de los Martínez-Gallofré, que, en el momento de escribir este artículo, llevaban treinta y seis horas seguidas de pie en la gasolinera, haciendo gestos de frustración mientras miraban al horizonte.
Su caso no es el único: miles de vejetes repudiados se pasan al robo de coches estos días para darse unas vacaciones por su cuenta. Las víctimas no vuelven a ver sus coches, salvo en unos pocos casos: cuando han sido desguazados en un chatarrero, vendidos a una casa de empeños o aparcados boca abajo en un puticlub de alto standing.
¿Es esta ola de crímenes un justo castigo a una sociedad que no respeta a sus mayores? Eso creían nuestros reporteros hasta que vieron cómo media docena de vejestorios les mangaba la unidad móvil, rumbo al casino de Biarritz. Ahora opinan que lo que hay es mucho jeta.