De la remasterizada serie «‘El Jueves’ investiga: ¿Qué fue de...?»
Bananarama: «Lo nuestro siempre será la música. Lo del proxenetismo lo hacemos por dinero»

Admitimos que, mientras aterrizábamos en Heathrow, a hora y media de nuestra cita en Londres, acariciábamos la posibilidad de obtener algo más que una entrevista o un autógrafo. Admitimos también que el taxista nos echó del coche por cantar a voz en grito el Love in the First Degree, coreografía incluida. ¿Qué excusa podemos dar? No todos los días tenemos ocasión de conversar con el fetiche erótico de nuestra pubertad: Sarah y Keren, los dos tercios supervivientes del mítico trío pop inglés Bananarama.Admitimos también, sin embargo, que, al llegar al Banana Club (la sala de fiestas que las Bananarama tienen en Picadilly), hemos perdido algo de ímpetu. Es difícil conservar la autoestima cuando, traspasado el umbral, todos los hombres con quienes nos cruzamos son altos, musculosos, bronceados y aparentemente alérgicos a cualquier tejido excepto a los bañadores de lycra. Andan sin rumbo bajo la tenue luz roja o posan de pie en los nichos, ociosos, casi puramente decorativos. Es la marca de las Bananarama: ya en los ochenta se rodeaban de un cuerpo de baile digno de un anuncio de esteroides, en un caso pionero de «sexplotación» masculina. No obstante, echamos en falta la música. «No es ese tipo de club», nos replican Sarah y Keren, apareciendo tras una cortina.
«¿Trata de blancos? No, nosotras preferimos llamarlo ‘interiorismo de dormitorio’»
«La música está bien; de hecho, aún cantamos. Pero, sigamos o no en activo, grupos de chicas guapas habrá siempre, y nosotras queríamos llenar un hueco en el mercado, ser pioneras», explica Keren. «Por eso fundamos este negocio.» Sarah, mientras tanto, se encarga de recibir a las clientas y las remite a las tarifas del catálogo, a la vez que señala a los efebos sobre la pista de baile. «Pero... ese hueco en el mercado, ¿es la trata de blancos?», proferimos, incrédulos, con el vaso de gin-fizz temblando en nuestra mano. «Nosotras preferimos llamarlo ‘interiorismo de dormitorio’», matiza Keren. «Si algo hemos aprendido del mundo del pop, es que la sexualidad vende; no fue un paso tan grande para nosotras.» «Además —añade Sarah—, la ‘prostitución masculina’, si se empeña en llamarla así, no plantea los mismos dilemas morales que la femenina. Piense que la mayoría de mujeres no usa a estos hombres con fines sexuales, sino estéticos. O sea, para enseñarlos.»
El Banana Club parece ir viento en popa. Dicen que Siobhán, la tercera del grupo, reaparece los sábados para pinchar. De vez en cuando, incluso, las tres suben al escenario y obsequian a la clientela con un número musical. «Lo nuestro aún es la música», dice Sarah, guitarra en mano. «No os creáis que lo del proxenetismo lo hacemos por vicio ni nada parecido. Sólo es por dinero.» Cierto, siguen encantadoras, pero en este ambiente no nos sentimos capaces de sacarles un número de teléfono o una cita para un café. Les hemos sacado un cumplido, hecho con ojo crítico, eso sí: «Si os faltara trabajo, aquí los españoles tienen mucha salida... ¿Hacéis pesas?»