Santiago Fernández
Historias de la puta crisis
La cosa está que arde. En un año y medio, 23 trabajadores de France Telecom se han suicidado y unos cuantos más lo han intentado, acosados por una empresa que alega pérdidas para machacar a sus empleados. Muy civilizado, muy ilustrado. «Egalité, liberté, fraternité y jodeté», podría ser el nuevo lema de la república vecina. Aquí, en España, menos versados, lo diríamos de otra forma: «chupa del frasco, carrasco».
En Japón ya se suicidaban hace muchos años. Ejecutivos entregados a sus compañías como si fueran sus amadas esposas se tiraban a las vías del metro cuando sus jefes les despedían porque habían bajado las ventas de ordenadores o todoterrenos. «Eran cosas de la moral japonesa», decían los entendidos occidentales. Si no los querían en su empresa, no les valía la pena seguir comiendo sushi.
En África, en cambio, no se suicidan. Como no hay empresas, tampoco hay ejecutivos ni empleados angustiados por la pérdida de una buena nómina. Es la suerte que tienen, viven con un euro al día baje o suba la bolsa de Nueva York. Es lo que dice mi primo: «¿Para qué van a matarse si ya los matan a poquito a poco?».