Rajoy y Camps se reúnen en Cuenca. ¿Quién pagó?
Intentan recuperar la sintonía con la magia conquense, pero nada, chico

Mariano Rajoy y Francisco Camps comieron (¡durante cinco horas!, ¿qué es lo que come esta gente?) en el parador de Alarcón, Cuenca, a medio camino entre Madrid y Valencia.Al parecer, con la comida se pretendía limar heridas y cerrar asperezas, o al revés, pero Rajoy aprovechó el tiempo (justo entre el ibérico de los aperitivos y el primer plato) para rogar una vez más a Camps que hiciera un poder y forzara la dimisión de su segundo, Ricardo Costa. Tras unos instantes de silencio, Camps dijo «pásame la sal». Es decir, que pasó completamente.
Total, que, después de la enésima botella de vigoroso tinto castellano, Rajoy, con los ojos enrojecidos, le dijo al presidente valenciano que era su mejor amigo, y que dijeran lo que quisieran, y que le apoya, y que siempre le apoyará y que viste de puta madre. Camps dijo que sí, y ambos se fueron del restaurante cantando «a quién le importa lo que yo haga».
En fin, que la dirección del PP pasa de presionar más a Camps y le deja que haga lo que le pete. No obstante, algún diputado popular afirma que «la táctica de Rajoy es siempre la misma que la de Colombo: nunca ordena. Pregunta, pregunta, pregunta y al final el culpable confiesa, por puro agotamiento. Vamos, que parece un pazguato, pero no lo es. O sí.»
«Lo mejor de todo», nos comenta un camarero del parador, «es que estos dos pavos se fueron sin pagar. ¿A quién le paso yo ahora la factura?»