Realizado con éxito el primer trasplante de hostia
Un señor de Massachussets la tenía malísima, y ahora, gracias a un donante que era un santo, rezuma buen rollo

El héroe del bisturí es el doctor T. H. Quackstaff, que ya llenó portadas al realizar el primer trasplante de cerebro. En aquella ocasión murieron donante y receptor, pero la osadía del cirujano bien merece una mención en los libros. Con este brillante currículum, y cumplidos los diez añitos de rigor por incompetencia peligrosa, Quackstaff persistió en el perfeccionamiento de su técnica, limitándose a sustituir pedazos pequeños de materia gris. Y miren por dónde, su clínica particular, situada en el sótano de su casa, volvió a ser el lunes foco de atención de los medios, y esta vez por algo no delictivo.
El receptor fue Karl W. Vannagut, paciente de lo que la ciencia médica conoce como «mala hostia congénita». Condicionado por su enfermedad, a sus 51 años este profesor de literatura de la Miskatonic University era hombre divorciado, de escasos amigos, a menudo atacado por sus propios perros, despótico con sus alumnos, grosero entre sus colegas, cretino en sociedad, un energúmeno al volante, e incluso fue despedido de una tertulia radiofónica entre republicanos por virulencia excesiva. Harto de la escasa comprensión social que recibía por su problema («¡son todos unos hijos de puta sin sentimientos!», solía decir), acudió a varios psiquiatras, el último de los cuales, herido por las críticas de Karl hacia su peinado, le mandó a la clínica del doctor Quackstaff, para que aprendiera.
El donante, por ley, debería permanecer en el anonimato, pero eso es difícil cuando en vida se han cosechado tantos amigos como Conrad W. McIntyre. Descrito por sus paisanos como «un tío cojonudo, la alegría del pueblo» (lo que tiene mérito, porque el pueblo es Boston), McIntyre, fallecido al rescatar unos gatitos de un incendio, legó al mundo todas sus pertenencias, recetas de cocina y órganos. El doctor Quackstaff requirió el pedacito del córtex cerebral que, según sus estudios, alberga el buen humor, y lo insertó en la región ocupada por la mala hostia de Karl, que ya se había expandido hasta el área que contiene las capitales del mundo. Desde la operación, Karl falla todas las preguntas azules del Trivial, pero encaja cada derrota con humor y campechanía. Otra historia con final feliz gracias a nuestra amiga la cirugía temeraria.