Kafka escribía libros de autoayuda
Su editor dejó de publicárselos al darse cuenta de que todos los que los leían se suicidaban

Franz Kafka ha pasado a la historia por su contribución a la literatura universal, con obras como La metamorfosis, El proceso o En el castillo, en las que nos daba su visión pesimista y apocalíptica del mundo. Sin embargo, muy pocos saben que el autor checo se sentía encasillado e intentó cambiar de temática. Así, probó suerte con la autoayuda, género consistente en dar consejos a la gente para mejorar su vida, muchas veces potenciando la autoestima y el amor hacia los demás. Y sólo con ver los títulos ya se notaba que Kafka no mostraba especial habilidad con la nueva temática. Jamás arreglarás tu miserable vida, Eres un escarabajo y das pena o No tires el dinero con este librucho, mejor tírate tú de un puente dan algunas pistas de por qué no dejó huella como líder espiritual.
Hojeando un poco los tres libros, resulta todavía más claro que aquel género no era el más adecuado para él. Entre los consejos que daba a sus lectores para mejorar sus vidas, se encuentra el de meditar y proyectar una imagen mental de lo que quieren que pase en su vida, método que recientemente ha popularizado el best-seller El secreto. Para Kafka, sin embargo, lo que había que visualizar no eran cosas positivas, sino imágenes de gente agonizando, edificios quemados, ciudades destruídas o la respectiva suegra luciendo un diminuto tanga. “Lo que no te mata te hará más fuerte” solía decir el escritor, ya que casualmente en alemán existe el mismo refrán. Con lo que seguramente no contaba es que, en efecto, no les hizo más fuertes y les mató. El número de suicidios aumentó un 3.000% en Praga y su editor decidió acabar con aquella aventura. “No es que me preocupara el descenso de población” confiesa el hombre, que tiene 156 años y curiosamente todavía no ha muerto “lo que realmente me fastidiaba era el descenso de clientes potenciales”. Hoy en día, encontrar un ejemplar de esos libros es prácticamente imposible, ya que fueron destruídos. Más que nada porque son como el chiste aquel de los Monty Python: leer una sola frase entera provoca la muerte inmediata.