¡El Rey es un impostor!
El verdadero fue secuestrado en verano por piratas somalíes, y hubo que sustituirle por un jubilado de Menorca

«Lo que voy a decirles es difícil de creer», nos avanza nuestro confidente, algo a lo que los reporteros del Manda Güevos estamos acostumbrados. «¿Saben aquella peli del Kevin Kline, Dave, presidente por un día?»
Para quienes no la hayan visto, y por abreviar la historia, les diremos que el pasado verano, en Marivent, el rey Juan Carlos pilló un rebote con los jefes de protocolo porque el famoso programa de austeridad de la Casa Real le impedía mojar bogavante en el café con leche del desayuno. Como siempre que le da la morriña, Su Majestad cogió el Bribón y se fue a navegar él solito por ahí. «Ya se le pasará», decía Doña Sofía, siempre conciliadora. Pero cayó la tarde, y no volvía. Anocheció, y no volvía. Para la medianoche ya estaba buscándole hasta la Séptima Flota. Al día siguiente hallaron al guardaespaldas del rey, agarrado a un flotador a trescientas millas de la costa de Cerdeña, y les contó la noticia: ¡el Bribón había sido asaltado por piratas africanos de excursión en el Mediterráneo, y el Rey era ahora presa de esos filibusteros, que se lo llevaban a su guarida en el cuerno de Somalia por el canal de Suez!
El operativo para rescatarle se puso en marcha a una velocidad récord, pero no lo bastante rápido para que el Rey no fuera echado en falta. Presas de la desesperación, los de la Casa Real tuvieron que fichar un doble no profesional y hacerle pasar por el monarca. La sustitución tenía que durar apenas unos días, pero la misión de rescate se retrasa, y aún a día de hoy... ¡El rey es un impostor!
A las pruebas nos remitimos: el doble, escogido tras un precipitado cásting en una residencia de ancianos de Ciutadella, Menorca, se parece a Su Majestad sólo de la nariz para arriba. De ahí que en sus apariciones públicas de verano se dejara barba, para ocultar la mandíbula. Hubo también que añadirle prótesis de papada y pelos en las orejas, ponerle zancos y hacerle mover los labios mientras Manel Fuentes doblaba la voz en directo.
Hablando de voces, no deja de escamarnos el parecido entre la de nuestro confidente telefónico y la que haría don Jaime Peñafiel con un pañuelo en la boca, lo que nos lleva a pensar si todo este escándalo no tendrá que ver con un Peñafiel resentido por la orden de alejamiento que pidieron los Borbones para que dejase de espiarles por las ventanas. Aun así, lo publicamos a sabiendas de que, si nos equivocáramos, en la Zarzuela casi siempre nos perdonan los errores.