De la calamitosa serie «‘El Jueves’ investiga: ¿Qué fue de...?»
El cantante de The Communards: «Yo fui un arma ultrasónica de la Guerra Fría»

Nos sorprendió al principio que el rastro de Jimmy Somerville, mitad del dúo británico The Communards, se perdiera abruptamente en Estados Unidos hacia 1988. Su gira americana fue interrumpida en Washington, y en los siguientes 20 años, Internet sólo da constancia de un par de avistamientos en Texas.Pero eso no nos desanimó, al contrario: Texas mola, con sus polvorientas autopistas y sus cafeterías de camioneros, así que partimos en su búsqueda, preguntamos, investigamos... Y al cabo de seis meses chupando carretera y desayunando dónuts de mermelada de arándanos, llegamos a un desvencijado complejo científico-militar en mitad del desierto, último domicilio conocido de Somerville. El guardia nos conduce a un búnker y unos señores con bata blanca nos dan unos auriculares. A través de una rendija, vemos una especie de megáfono en forma de parabólica, al sol del desierto. De un hangar emerge Jimmy Somerville. Se acerca al megáfono. Grita: Baby!, y el volumen y la reverberación resquebrajan la pared del acantilado frente a él, deshaciendo una meseta entera en una nube de polvo.
«Podría cantar en una piscina y hacer que los delfines bailasen a mi alrededor. He aprendido el delfín y el orco. Quiero decir el idioma de las orcas, no el monstruo verde.»
Jimmy Somerville fue contactado por la CIA en el 88. La tensión entre EE.UU. y U.R.S.S. estaba al límite, y la carrera armamentística llegó a cotas tan delirantes que se llegaron a considerar recursos como la voz de The Communards. Capaz de agudos de hasta 1,4 megahertzios, el llamado «Farinelli del pop» podía estar detrás del arma ultrasónica definitiva. Mediante la vibración acústica, podrían generar terremotos bajo los pies del enemigo. «Pero la Guerra Fría terminó», relata Somerville, feliz del desenlace. «Es posible que mi demostración en Arizona convenciera a Gorbachov de deponer las amenazas. Me alegra haber aportado mi granito de arena a la paz mundial.»
Pero, ¿los Communards no van a volver a la palestra? Todos los grupos de los 80 vuelven, ¿por qué no vosotros?, nos preguntamos. «Lo he pensado varias veces», confiesa Jimmy. «Tendría que convencer a Richard Coles, el teclista, que se metió a cura cuando nos disolvimos. Pero ahora, con la tecnología que hay y lo que he entrenado, los conciertos serían guapos. Podría cantar en una piscina y hacer que varios delfines bailasen a mi alrededor. No es difícil. He aprendido el delfín y el orco. Quiero decir el idioma de las orcas, no el monstruo verde. Imagínate, empezar una gira en Australia. En el gorgorito final del Never can say good bye podría reducir Ayers Rock a arenisca. Estaría guay, ¿no?»