De la pírrica serie «‘El Jueves’ investiga: ¿Qué fue de...?»
Ana, de ‘Enrique y’: «Llega una edad en que te preguntas quién coño eres y qué hace un imbécil cantando a tu lado»

Once meses y ocho días de café malo y ojos quemados frente al monitor, buscando el paradero actual de la desaparecida Ana, de Enrique y Ana, y por fin, todo lo que nos separa de ella es un cristal: el de la cabina número siete del locutorio del pabellón femenino en la cárcel de Herrera de la Mancha, Ciudad Real. Adusta, cansada, repasando con el dedo índice el tatuaje sangrante que cubre su bíceps, coge el telefonillo y pregunta quién mierda somos. Cuando exclamamos «Ana, por fin te encontramos», cuelga el telefonillo y llama a los guardias.
A duras penas logramos hacerla sentar de nuevo; nos cuesta todos los cigarrillos que llevamos encima convencerla de que se deje entrevistar. Ana (Anguítez Jáuregui) lleva desde los 14 años huyendo de la fama, cuando no de la policía. Hoy, su anhelo más urgente es el anonimato. Pero, ¿qué la llevó a tomar esa decisión? «Oí un monólogo de Eddie Izzard que lo explicaba muy bien: un día empiezan a interesarte los chicos y piensas “tendré que estar más guapa que nunca”, y el mismo día llega la puta pubertad, con su arsenal de acné y pelos innecesarios, al grito de “pues no, ¡vas a estar peor de lo que has estado jamás!”. Fue sólo uno de mis motivos para esconderme del mundo.»
Huyó de los escenarios; huyó de sus padres. Se recluyó en los ordenadores. En 1987, hackeó la red de la Casa Blanca usando un Commodore 64.
Pero tiene muchos más: junto con el primer endometrio desechado, a Ana se le cayó el velo de los ojos, y la inusual realidad que vivía apareció en su forma más grotesca: «¿Qué coño hago aquí? ¿Por qué sostengo un micrófono? ¿Quién es este imbécil viejuno que canta a mi lado?» Ana se considera víctima de explotación infantil; habían construido un sórdido grupo musical a su alrededor, abusando de su inocencia. Abandonó el barco en alta mar. Huyó de los escenarios; huyó de sus padres. Los cambios hormonales ayudaban a no reconocerla, pero tampoco la hicieron popular en su nuevo instituto. Se recluyó en los ordenadores. En 1987, Ana hackeó la red de la Casa Blanca y borró las puntuaciones del presidente Reagan en el Ghosts’n Goblins. Todo esto, con un Commodore 64. Como aún era menor, se libró de la cárcel, por esa vez. Fue el primero de un largo historial de delitos informáticos.
Pero, ¿qué lleva a Ana, entre condena y condena, a pasar las noches entre ordenadores? ¿Qué respuestas busca, que ha agotado Internet buscándolas? «Una vez, a los catorce años, me di cuenta de que los adultos habían puesto aquel mundo de conciertos y rodajes a mi alrededor. Pensaba haber desgarrado el telón... pero sigo pensando, ¿y si esto aún es un decorado ante mis ojos? ¿Soy dueña de mis acciones? ¿Es este mundo real?»
Le preguntaríamos si es que en sus noches de indagación filosófica no tuvo tiempo de ver Matrix, pero se han acabado nuestros diez minutos. Ana debe volver a su celda.
Nuestro próximo reto es localizar a la Y de «Enrique y Ana».