Cuando la crisis nos obliga a comer de Tupper, nos preguntamos...
¿A quién cojones le importan las estrellas Michelin?
Llevábamos días con una incertidumbre en el cuerpo, una inquietud injustificada, unos despertares a medianoche para los que no hallábamos explicación. Era —maravillas del subconsciente— la emoción por saber qué restaurantes habrían sido agraciados o castigados con más o menos estrellas en la Guía Michelin 2010, secreto desvelado la noche del miércoles.Ahora en serio: lo que más nos sorprende del veredicto Michelin, portada en la mayoría de diarios, es que haya pasado realmente un año desde el veredicto anterior. Habríamos jurado que hacía apenas meses de la última vez que nos dieron la vara con los ascensos a tres estrellas, la consagración de El Bulli y los intervius a chefs que afirman que el crítico es un viajero anónimo, que come solo mientras escribe su diario personal en un bloc con la palabra Michelin en el membrete, totalmente indetectable entre la clientela.
Será el desinterés, será nuestra ignorancia; será la maldita agonía de leer y oír la misma brasa sobre restaurantes en los que nuestro salario no nos permitirá entrar jamás. Será que odiamos verles desbordar las páginas de los dominicales pijos para alcanzar la primera plana. Será, incluso, egoísmo o falta de patriotismo; pero que la vanguardia de nuestra gastronomía haya sido un año más premiada por un crítico esnob patrocinado por una jodida casa de neumáticos francesa nos la cuelga hasta el tobillo.
Dicho esto, vamos a iniciar una guía de hostelería El Jueves, empezando por conceder el primer Buffon (pronúnciese a la francesa) a «El rey del Bocata», hamburguesería donde este redactor, servidor de ustedes, almuerza dos días por semana. Buen provecho.