Desvelado el misterio de la luz al final del túnel
La gente, cuando muere, va al Canadá

El geógrafo Estrabón (siglo I a.C.) legó a la humanidad un mapa del mundo conocido indicando el camino del Tártaro, la tierra hacia poniente adonde viajaban las almas de los muertos en la mitología griega. Este documento fue recogido dos mil años más tarde, lustro arriba, lustro abajo, por el intrépido Silvestre Montoya, natural de Santoña, hijo de marinero engullido por el Atlántico y aventurero incansable, que a bordo de un velero, y siguiendo las indicaciones precisas del cartógrafo, navegó durante treinta días y arribó a Halifax, Nueva Escocia, costa continental de Canadá.
«Siempre hemos hablado de un más allá, de un lugar mejor al que trascienden las almas», explica conciliador el teólogo Amadeo Turdera. «El descubrimiento de Montoya es tan sólo una confirmación; puede que su valor radique en demostrar que ese ‘más allá’ existe en el plano físico, en un continente, en un país. ¿Por qué no Canadá? Como lugar mejor, es un sitio cojonudo.
»Piénsenlo: ¿conocen a alguien que venga del Canadá? Yo no. A Canadá se va, pero de allí no se vuelve. Naturalmente, algún lector podrá decir de alguien que fue de turista. Ciero, esos pocos casos bastan para confirmar el fenómeno del efecto túnel: seguramente ya estaban llegando al Quebec, yendo hacia la luz, cuando oyeron la voz de un familiar que les decía “vuelve, Mariano, vuelve”.»
¿Hallazgo o timo absoluto? Para Silvestre Montoya, la confirmación de su proeza llegó nada más poner pie en el ultramundo canadiense. Cuando atracó en el puerto, miró a los ojos de un anciano sentado en el muelle y masculló: «Dios santo... ¡Papá!» Acababa de reencontrarse con el padre perdido durante su infancia, de quien su madre siempre dijo que había sido engullido por un tifón. La familia, reunida de nuevo en Canadá. Por cierto, que el padre de Montoya se había agenciado ya nueva esposa e hijos en su segunda vida. ¿A que es bonito?