Explosión en un piso de Sabadell al estrujar un polvorón
Ni C4, ni titadine: mantecados La Estepa, la última pesadilla de los artificieros

Corren malos tiempos para la tradición. Nuestros usos y costumbres (véase el caso de los toros) son ahora censurados en nombre de un progresismo reaccionario. Es mal momento para sentar un precedente contra una institución navideña como el polvorón, el dulce que ya traía instrucciones de uso mucho antes que las Oreo. Estrujar, petar y comer. Toda la vida se ha hecho así. Hasta ayer por la tarde, en que la secuencia se vio interrumpida.Sabadell, provincia de Barcelona, hogar de los Jiménez-Montllufa. Como son de los que sacan el turrón para la Purísima, a la hora del postre ya están los dulces navideños en la mesa. Antonio, el patriarca, toma un mantecado de limón, estruja fuerte, crea burbuja de aire en el envoltorio, que se le resiste; lo aprieta con todas sus fuerzas en el interior de su enorme puño de tornero fresador...
«Y no recuerdo nada más», dice Antonio, desde el hospital. Una enorme explosión barrió el apartamento. Yo atravesé tres tabiques y acabé en el piso de los vecinos. Perdí la mano.
El balance: seis heridos y una víctima mortal, el cuñado de Antonio, al que la explosión lanzó por el balcón. Antonio llora al recordarlo: «En confianza, me da igual, porque el muy cabrón se apalancaba en mi casa desde que empezaban fiestas hasta carnaval, pero el disgusto de mi señora hay que verlo.»
Parece ser que el nuevo envoltorio de los polvorones, más resistente, supone un reto para los estrujadores más vehementes. Es capaz de aguantar presiones de hasta 130 atmósferas, de modo que, al ceder, la explosión equivale a 20 arrobas de trinitotolueno, kilo arriba, kilo abajo. Se calcula que un mantecado de canela, que son los consistentes, apretado a mala leche, tiene bastante potencia explosiva para poner en órbita un Corte Inglés con toda la decoración navideña. Las autoridades ya han recomendado que, mientras duran las investigaciones, nos ciñamos a alfajores y roscos de vino, que se comen sin apretujar. A lo que las sociedades de consumidores ya han replicado que ahí queríamos llegar, que los roscos de vino no le gustan a nadie, y ni siquiera deberían venir en las cajas de surtido. ¡Y dale...! ¡Que es tradición, coñe!