La Txistorra Digital
En defensa de la SGAE
Primero fue aquello de meter inspectores en las bodas, para ver qué música se ponía y sancionar al pinchadiscos. Más tarde, lo de cobrar por la música en actos benéficos. Ahora, de golpe y porrazo, la SGAE se ha destapado con otras dos guerras impopulares: cobrar a las peluquerías por tener música ambiente y sablear a las residencias de ancianos por poner la tele. Ambas cosas, aunque no gusten, son legales. Es más: lo de cobrar por tener la radio puesta, sea radio musical o generalista, es algo que le leí hace años a Luis del Olmo. Así que tampoco se puede responsabilizar en exclusiva a la SGAE.
Como leemos en Radio en Red, la SGAE lo tiene casi todo controlado: "desde hospitales hasta mítines políticos, megafonía de estaciones de trenes, hilos telefónicos, fiestas [...]. Parece que nada ha quedado fuera de su control. Están previstas todas las situaciones que implicarán el uso de la música públicamente, en cualquier evento o negocio, incluso cuando es sin ánimo de lucro". ¿Todas? Como en los tebeos de Astérix, no: hay unas cuantas cosas que todavía se les ha pasado legislar. Y yo, por si acaso, se las sugiero.
- Los politonos: no hay derecho a que por los 2'40 euros que cuesta bajarse una canción, cualquiera pueda ponerla como tono de llamada en su móvil. Habría que cobrar por cada vez que suene. Y, si no quieren pagar, que lo pongan en vibrador.
- Los macarras de ventanilla bajada: los artistas no tienen por qué aguantar que alguien que haya pagado por su disco lo comparta con la sociedad a base de wattios en sus bafles. Multa que te crió.
- Los sordos: chavales, ¿qué es eso de que todo el vagón del metro escuche lo que lleváis vosotros en vuestro MP3? A pagar por difundir música.
Javier Domínguez
- Los que no tienen auriculares: curiosa moda la de ponerse la música del móvil sin auriculares, para escucharla en pandilla. Es moda habitual entre propagandistas del reggaeton. Y los artistas del reggaeton también tienen derechos. Sanción o canon ya.
- Mendigos y perroflautas: tanto los que tocan Arrivederci Roma o La vie en Rose como aquellos que toman prestados fragmentos inconexos de canciones conocidas deberían dar a la SGAE un 20% de las limosnas recaudadas.
- El vecino trompetista: aunque lo escuchemos con una pared por medio, disfrutamos de grandes éxitos como Paquito el Chocolatero o Suspiros de España. El ensayo debería llevar su propio canon.
- Las misas: todavía no se ha sabido de ninguna parroquia que le pague a la SGAE por la música de las eucaristías. Ahí hay un filón, Ramoncín.
- Los campamentos de verano: religiosos o no, todos cantan en algún momento aquello de "Mamá anoche en las trincheras, entre el fuego y la metralla". Y esa canción tiene autor, y su autor derechos. Cuota a la SGAE por niño inscrito que la perpetrará a lo largo de la convivencia.
- Los flatulentos: auténticos artistas del pedorreo que, con la conveniente modulación en el esfínter, obtienen sonidos parecidos a Jhonny Tecno-ska. Paco Pil espera cobrar.
Yo ahí lo dejo, por si los guardianes de los derechos de autor me toman en serio y deciden actuar. Están palmando pasta. Por cierto, he leído un bulo por ahí: el Vaticano quiere cobrarle derechos a Teddy Bautista porque dicen tener registrado el apellido. Además, argumentan, dejar que a tan bautismal nombre le preceda algo como Teddy afecta al honor del santo. Insisto en que no deja de ser un bulo, pero cuidao, cuidao.
Javier Domínguez.