De la linfática serie «El Jueves investiga: ¿Qué fue de...?»
Alicia Silverstone: «Yo era una estrella de Hollywood que soñaba con ser camarera»

Hay actores que, en su momento de apogeo, parecen destinados a convertirse en iconos de una década de cine. Sobre todo porque sus rostros aparecen un día colmando la portada de la revista Empire bajo el titular «Fulanito de tal, próximo icono de esta década de cine». Y a veces también en el Fotogramas, sólo si son mujeres y con una foto más enfocada en el área de las domingas.
Posiblemente Alicia Silverstone pasó por ambas publicaciones, pues tenía una carrera prometedora y un escote a la altura. Esto era por la época de su estreno más comercial, Batman & Robin, que era bastante maluna, pero en las previas lo petaba. Y sin embargo, llegados los 2000, Alicia Silverstone desapareció. Se esfumó. ¡Flum!
La hemos buscado. Hemos luchado por contactar con su agente en los 90 (un yupi de Hollywood tan inaccesible como las estrellas que representa, o como las que queman hidrógeno en el confín de la galaxia), para que nos derive a los representantes sucesivos que la actriz ha tenido, cada vez de menor prestigio, hasta acabar hablando con uno que comparte oficina en San José con un abogado de animales. «Silverstone, ¿eh? ¿Qué día es hoy? ¿Jueves? —le oímos preguntarse por teléfono mientras se rasca la rabadilla— Entonces estará por la noche en el Rosie’s Café.
No aterrizamos en Los Angeles hasta la semana siguiente, pero es igual. Vuelve a ser jueves y Alicia Silverstone vuelve a estar desde las seis en el Rosie’s Café, un restaurante cercano a Beverly Hills. Ella misma nos sirve la cena —sándwiches de pastrami con ensalada de col. Reconocemos el rostro y el escote. Entre viaje y viaje a nuestra mesa, le arrancamos alguna respuesta. «¡Ibas a ser el próximo icono de una década del cine!», exclamamos, desconcertados, mientras nos rellena las Coca-colas, volcando la mitad sobre la fotógrafa.
«Lo sé», responde ella, encogiendo los hombros en la blusa violeta del uniforme. «Pero no me motivaba. Mi camino estaba trazado de antemano. Llegaba a un cásting, se enamoraban de mí y me daban el papel. Esta rutina me asfixiaba. Y yo quería otra cosa, quería un reto. Quería ser camarera. Todos me decían que era inútil, que soy tan torpe que no puedo coger dos vasos a la vez. Pero todos sabemos que una rubia nunca da por perdido un sueño. ¡Y aquí estoy! —sonríe, orgullosa—. Lo he conseguido.»
Minutos después de esto, tiró una tarta de albaricoque por la cabeza del que escribe, pero eso no resta mérito a su tenacidad. Y el redactor no ha vuelto a lavarse desde que Alicia Silverstone le limpiara con un trapo humedecido con su propia saliva.