De la magnética serie «El Jueves investiga: ¿Qué fue de...?»
Blossom: «Ya sólo como chicle de fresa kosher»

Mayim Bialik es el nombre de la actriz que se marcaba un baile entre MC Hammer y Jennifer Beals al principio de cada capítulo de la sitcom adolescente Blossom, desplegando un vestuario y un estilo más allá del registro cromático del ojo humano. Una serie que hablaba del paso de niña a mujer, trufada de capítulos moralistas sobre la inocencia, la virginidad, los padres y otras cosas que uno quiere perder a los catorce. El público enlatado se pasaba más tiempo emitiendo “ooohs” y “uuuhs” de empatía o escándalo que riendo propiamente.
Hoy, las risas han desaparecido casi completamente de su vida. Quizá porque su público es ahora más circunspecto; quizá porque ha cambiado su guardarropa por una toga negra; quizá porque ya no es la loca quinceañera Blossom, sino la rabina Mayim Bialik del templo reformista de New Hebron, Pennsylvania.
Para Bialik, ser el espejo de toda una generación de mujercitas no fue tarea fácil. «Sí, fue bonito enseñarles a crecer sin complejos, a respetarse, a decir no a las drogas, a combinar calentadores con plataformas... Pero muchas chicas no tenían la suerte de Blossom, para quien cada momento crucial venía señalado por un silencio del público y una cuña musical. Así habría sido fácil prevenir los errores.»
Acabada la serie, Bialik se quedó con ganas de hacer algo más por esas jovencitas. «Sé que el estilo bubble gum ya no se lleva, pero ¿qué nuevos modelos de conducta tenían las chicas después de la adolescencia? ¿Meg Ryan? ¿Cosmopolitan? ¿Esa pandilla de idiotas de Sexo en Nueva York? ¿Qué clase de respeto por sí mismas pueden aprender de esa frívola provocación?»
Pero en televisión no había lugar para ella en su nueva franja de edad. «Ser payasa y desacomplejada en televisión es disculpable sólo mientras eres menor de edad. A los 21, es intolerable: tienes que sentirte culpable cada segundo que no pareces un anuncio de Nivea». Para seguir siendo la guía espiritual de sus convecinas, abrazó la religión de sus padres; estudió la ley talmúdica y se convirtió en rabina.
A veces, sin embargo, resurgen las risas. Si le pica el gusanillo, Bialik regala a sus feligreses algún monólogo de temática hebraísta: «Por cierto, hoy, viniendo hacia la sinagoga, me ha pasado algo muy gracioso: el taxista me quería cobrar de más, y he pensado en la mitzvah número 601...» El soliloquio prosigue varias horas, pero no entendemos una palabra.