La partida de Monopoly más larga de la historia termina después de 152 años
La noticia es todavía más sorprendente si tenemos en cuenta que el popular juego de mesa sólo existe desde hace menos de un siglo

Cuando
Isaiah Jerkins, un humilde granjero de Iowa, decidió jugar a un simple juego de mesa para matar un par de horas que tenía sueltas, no podía imaginarse que no llegaría a ver el fin de lo que él había iniciado. Corría 1858, e Isaiah, su mujer y su hijo adolescente creyeron erróneamente que para la hora de cenar ya habrían acabado. Cuarenta años más tarde, seguían ahí. Todos los cerdos de la granja habían muerto y de hecho los Jerkins ya sólo se alimentaban de hierbajos, puesto que necesitaban acabar esa partida. Según parece, la madre consiguió la calle azul de más valor (
First Street, en aquella edición) pero no podía edificar porque el padre poseía la otra calle del mismo color (a la que en un alarde de originalidad bautizaron
Second Street). El hijo, por su parte, tenía dos de las tres calles verdes (o sea, que tampoco podía construir) y además la compañía de aguas, que no sirve para mucho pero jode un montón.
La situación no se resolvió ni con la muerte del granjero, puesto que un sobrino de la familia que casualmente había pasado para visitarles le sustituyó. También la esposa fue reemplazada a su muerte con una hija de la finca vecina. Pasaron los años, y la gente iba pasando, pero la partida permanecía. Mientras aquel juego transcurría, el mundo cambió por completo (guerras mundiales, invenciones de cosas... lo típico del siglo XX, si queréis datos concretos consultad la Wikipedia), aunque nada de ello afectó al desarrollo del Monopoly. Cuando fueron a buscar al bisnieto de Isaiah para que se fuera a Vietnam, el propio encargado del reclutamiento se quedó allí y estuvo jugando durante 17 años.
Finalmente, el pasado mes de marzo un astronauta, una señora de Cuenca y un Fox Terrier (hubo muchos reemplazos y al final ya ponían a cualquiera) anunciaron el final de la partida a través de un comunicado. El vencedor fue el perro, que consiguió salir victorioso gracias a su hábil uso de la tarjeta de la compañía de aguas.