De la quelicerada serie «El Jueves investiga: ¿Qué fue de...?»
Julio Sabala: «Me niego a imitar más artistas latinos hasta que muera el reggaeton»

El equipo de QFD nos habíamos trasladado a Miami para entrevistar a la araña venenosa que mordió a Víctor Sandoval. La pobre sigue ingresada en el hospital, recobrándose de su parte del envenenamiento: «Yo le he gangrenado la mano a esa víbora, pero la ponzoña que corría por sus venas tampoco era moco de pavo», parece decirnos el tierno animalito con la mirada. (Al mirar con ocho ojos, las arañas son muy locuaces.)
El caso es que saliendo de la UCI, doblamos una esquina del pasillo, y que nos aspen (del verbo aspar) si no encontramos aporreando la máquina de dulces y exigiendo su palmera de chocolate a La Voz con mayúsculas: ¡Julio Iglesias!
—Maestro —tartamudeamos (los que seguimos conscientes tras este encuentro, queremos decir)—. ¿Cómo usted por aquí? ¿Se encuentra bien? ¿Le duele algo?
Tras sus gafas de sol, Julio parece comprender la situación al momento; entiende que somos periodistas, que hay que guardar la discreción. Opta por hacernos una confidencia.
Algunos de mis imitados me contratan para suplantarles. Hoy, Julio Iglesias tenía que operarse de las hemorroides, y mientras, yo me daré un garbeo por la ciudad para despistar a la prensa.
Le seguimos a una habitación en la planta de MR (Muy Ricos), donde guarda cama, vistiendo ese ridículo poncho abierto por la espalda que no resta ni un punto de carisma a su natural elegancia... Julio Iglesias.
—Un momento —razonamos—. Si Julio Iglesias está ingresado... entonces este otro Julio... —señalamos al que nos ha traído hasta aquí—... sólo puede ser ¡Julio Sabala!
—En efecto —admite, quitándose las gafas. Un gesto inútil, pues su parecido al cantante madrileño es mucho más hondo que las gafas; impregna los rasgos, la voz, el alma misma.
¿Qué fue de Julio Sabala, el más grande artista dominicano, el imitador inimitable? «Bueno, mi espectáculo seguía siendo un éxito de público, pero el rumbo que ha tomando el show business latino, sobre todo desde el reggaeton, me causó una depresión profunda y decidí darme un tiempo.» Su don camaleónico, por suerte, puede darle de comer incluso fuera del escenario. «Algunos de mis imitados, como aquí Julio Iglesias, me contratan para suplantarles. Hoy, Julio tenía que operarse de las hemorroides (nada grave, todos tranquilos), y mientras, yo me daré un garbeo por la ciudad para despistar a la prensa. Así que por favor, sean discretos, muchachos.»
—Lo seremos —le prometemos—. Por cierto, tome, ¿quería esto? —le invitamos, regalándole una palmera de chocolate que nos habíamos comprado para el desayuno. Con los nervios, se la tiramos fatal, pero Julio la caza en el aire con un impresionante salto leonino. Un paradón de profesional. Digno de los juveniles del Real Madrid. Pero entonces... Nos volvemos hacia el Julio que está en la cama, sonriéndonos beatíficamente, aún con las gafas puestas.
—¡Otro momento! —exclamamos— ¡Julio Sabala es usted!
—Cierto —nos confiesa—. Julio me deja hacerme pasar por él para que cuiden de mis hemorroides en el hospital más exclusivo de Miami. Creánme, si ustedes tuvieran que poner su esfínter en manos de la sanidad de República Dominicana, que escuchan reggaeton mientras operan, harían lo mismo.