De la domótica serie «El Jueves investiga: ¿Qué fue de...?»
Beakman: «¡Todas las pruebas nucleares deben realizarse con la supervisión de un adulto!»

Polo Sur.
Nosotros éramos como aquellos solitarios pingüinos, sin más conexión con el mundo que un televisor de antena cornúpeta. Nuestros cerebros de letras mostraban desde la infancia una admirable impermeabilidad para las ciencias.Podríamos haber nacido, vivido y muerto sin entender una sola faceta del universo a nuestro alrededor: de la lluvia a la fotosíntesis, del sistema solar al átomo... Si no fuera porque cada tarde, a eso de las seis, el televisor explotaba violentamente, inundando de escombros nuestro iglú de ignorancia, y un científico loco de pelo electrostático surgía entre la humareda para aturdirnos con la revelación: «Fact! Las jirafas tienen una lengua de medio metro, que les permite lamerse las orejas. Soy Beakman. Y acabáis de entrar en... ¡El mundo de Beakman!»
Para averiguar qué fue del genio de la bata verde, hemos localizado en primer lugar a su ex ayudante de laboratorio, la pizpireta Liza, hoy Nobel de medicina. Mientras nos ofrece una taza de té verde en la que previamente ha disuelto una vacuna del VIH («la inventé la semana pasada, y a falta de una farmacéutica honesta que la distribuya gratis, lo hago por mi cuenta»), nos cuenta su preocupación: «No sé nada de mi ex jefe. Hace meses me contó por e-mail que un gobierno extranjero quería reclutarle como asesor científico. Después, silencio. Ha desaparecido.»
Desaparecido. En un país de acceso a Internet restringido. Reclutado por un gobernante loco que busca a sus asesores en Nickelodeon. Sólo puede estar en...
Corea del Norte.
Os ahorraremos cómo nos negaron el visado, cómo entramos por avión desde Alaska, cómo saltamos en paracaídas sobre el complejo militar que esconde a los científicos y estrellas de televisión secuestrados por Kim Jong-Il. Pasaremos directamente al trozo en que una explosión de C4 destruye un muro de seis metros de espesor, esparciendo fragmentos de hormigón y guardias desmadejados por todo el laboratorio, y entre la humareda surgimos nosotros, rostros pintados, UZIs en mano, exclamando: «Fact! ¡Beakman, ven con nosotros! ¡Eres libre!»
Beakman, Paul Zaloom para los amigos, nos sonríe como a niños traviesos: «Chicos, chicos... ¡No hacía falta que vinierais! ¡Menuda temeridad!»
Tiene razón: acabamos de transgredir todas las reglas del periodismo, al inmiscuirnos emocional y físicamente en los acontecimientos. Aparte de que igual hemos causado un conflicto internacional. Pero Beakman, siempre animoso, le resta importancia.
«Ese tal Kim Jong-Il sólo espera una excusa para agredir a otros; es su forma de combatir su propia inseguridad. Por eso ha atraído a los mejores científicos del mundo, para que construyamos su arsenal nuclear con el que defender su rincón del patio. Es casi un honor que cuente conmigo, aunque íntimamente temo que su simpatía hacia mí se deba más a nuestra similitud en el peinado que a mi currículo. En cualquier caso, ese memo ha visto en su vida tantas cabezas nucleares como vaginas. Le he construido una bomba zar que al estallar cubrirá de pintura de colores un área equivalente a Central Park. ¡Patapim, patapam, patapringoso!»
No hay tiempo que perder: tenemos un helicóptero listo para atravesar el Paralelo 38. Beakman ya ha hecho bastante por el mundo hoy; se merece un descanso.
«Por cierto, ¿sabíais que lo que hay en la parte superior del helicóptero no es técnicamente una hélice, sino un ala?»
Oh, fact! Es que es un genio. Un puto genio.
(To Mark Ritts, in loving memory.)
