¿Violencia en televisión? Sí, pero con el justificante de los padres
También prohíben el porno en abierto: ¿pretenden hundir las teles locales?

El 1 de mayo entró en vigor la nueva ley audiovisual, que tiene de nueva lo que la tele de bueno. Básicamente, lo de siempre: límites de publicidad por hora que las cadenas se pasarán por el puto forro; y mucho horarios restringidos y códigos de edades y chuminadas para que los padres puedan crearse la ilusión de ejercer la paternidad responsable. Pero hay titular: el porno y la «violencia gratuita» en «series, películas o programas de televisión» quedan prohibidos por ley. Lo del porno no asusta a nadie (si alguien dependía aún de la tele para consumir porno, la verdad, ya era hora de ir poniéndose al día con el siglo XXI). Pero lo de la «violencia gratuita» es una ambigüedad deliberada, de esas de redactor de leyes con pocas ganas de trabajar, que va a traer cola.
Porque, ¿qué es violencia gratuita? ¿Quién juzga cuándo es gratuita? En un programa de ficción, cuyo único propósito es entretener, toda violencia es gratuita. ¿Qué vamos a prohibir entonces? ¿Saw? ¿Dexter? ¿El Coyote cayendo por un precipicio? ¿Dónde van a trazar la raya?
Y más importante: la violencia pseudoperiodística, que es la que a nosotros, personalmente, nos revuelve el estómago, ¿está permitida porque tiene una finalidad informativa? ¿Son legales las imágenes de sucesos con charcos de sangre en un rellano? ¿O las crónicas del deporte nacional de Israel, el tiro al palestino?
En fin. Probablemente, como decimos, la ambigüedad está pensada ex profeso para juzgar in situ (cuánto latinajo, ¿no?) lo que es permisible y lo que no. Y teniendo en cuenta que, para cuando lo decidan, la tele ya lo habrá emitido, estamos como antes: las cadenas hacen lo que se les antoja, y listo. Ya ven, la nueva ley: una novedad que no nos cabe en el cerebelo.
Si por nosotros fuera, una tertulia a gritos del Sálvame sería violencia gratuita y prohibida, y la atajaríamos mandando a Dexter al plató para que hiciera morcillas de Jorge Javier Vázquez. ¡Ay, el día que mandemos nosotros...!