Halla a una anciana que llevaba 2 años muerta en su piso, y le vende una enciclopedia
«¡Soy vendedor a domicilio! ¡Escrúpulos, los justos!», se defiende el gañán

Doña Fortunata Ovejuna, de Móstoles, traspasó discretamente en agosto de 2007, calculan los forenses, y por el rictus feliz de su esqueleto tenemos la certeza de que sufrió un ataque de cientodosañitis, mientras veía el Grand Prix. Nadie advirtió su cambio de estado civil hasta que el casero, al faltarle la mensualidad, acudió al piso. Pero cuando halló la puerta derribada, supo que alguien la había visitado antes.
Gracias al sistema de vigilancia que se activa en caso de emergencia cardíaca, y que llevaba dos años y pico grabando los sonidos en el interior del piso, conocemos la naturaleza de esa visita, el pasado marzo. He aquí una transcripción de la cinta:
[Timbre.] ¿Doña Fortunata? [Timbre. Golpes a la puerta.] ¡Doña Fortunata! [Golpes a la puerta. Silencio. De pronto, ruido como si alguien hiciera pedazos la puerta usando un tiesto de la escalera como ariete.] ¡Ups! ¡La puerta estaba abierta! ¿Doña Fortunata? Vaya, qué olor más desagra—¡Ah, ahí está usted! Perdone la intromisión, veo que está usted muy interesada viendo la carta de ajuste. Soy Gabriel de ABR Libros; estamos ofreciendo esta suscripción especial a la «Gran enciclopedia del arte etrusco» completamente gratis por 39,95 al mes. ¿Estaría usted interesada? [...] ¿Fortunata? [...] Si no está interesada, dígalo ahora. [...] ¡Vale! ¿Me permite algo para apoyarme? [Pasos sobre la puerta derribada.] Gracias, qué piso más bonito... ¡Ya no se hacen telarañas como esas! Veamos, usted es doña Fortunata... Ovejuna... [Escribir.] Ajá; oiga, ¿ese de la foto sobre la cómoda es su hijo? Mire que es difícil quedar guapo en la ficha policial, pero se le ve gallardo, ¿eh? Pobre, debe de aburrirse en la celda... ¿Quiere comprarle uno de estos paquetes de excedentes editoriales para que se distraiga? [...] Emita una ráfaga de olor putrefacto si es que sí. [...] ¡Estupendo! [Ruido de cajones.] Ajá, veo que tiene aquí su libreta de ahorros, ya apunto el numerito yo... Y necesitaré una firmita... A ver, espere que le ayude a sujetar el boli... [Huesos que traquetean.] For-tu-na-ta... ¡Listo! ¡Ups! Perdone, el boli para mí, la falange para usted, ja ja. Muchas gracias, buenas noches, ¡y cuídese! [Pasos que se alejan.]
A Gabriel se le ha reprochado su falta de ética y moral , a lo que él ha replicado: «¡Soy vendedor a domicilio! ¡Tuve que despojarme de mis escrúpulos para conseguir el empleo!»