De la hidratante serie «El Jueves investiga: ¿Qué fue de...?»
Vengaboys: «10 años atrapados en Ibiza. Esto es una isla chunga, y no la de Perdidos»

Aterrizamos en Ibiza el 5 de junio. La misma noche (era sábado) nos alistamos a nuestra primera rave. Lo siguiente que recordamos es despertar hoy, 11 de junio, a bordo de un bote hinchable marca Toi, despellejados por el sol, afónicos y desnudos de toda posesión material, de regreso al continente (a un continente u otro, esperamos).
Lo hemos comprobado: Ibiza es más que un epicentro de la cultura rave. Es un Triángulo de las Bermudas: sólo por acercarte a su orilla, el campo magnético de la música dance puede arrastrarte a un espiral de drogas, sexo y sudor que sólo te devolverá la libertad o la conciencia cuando se le antoje. No hay isla más crápula, desconcertante y caótica en todo el planeta. La de Lost es racional a su lado.
Mientras navegamos a la deriva y dividimos nuestro único alimento (una Chips Ahoy) en raciones equitativas para los cuatro tripulantes del bote (redactor, productor, fotógrafa y una dinamarquesa a la que no conocemos y con la que preferimos no congeniar, dado que ella podría ser nuestra próxima Chips Ahoy), repasamos las notas del viaje, en un intento de ahuyentar la amnesia. Vinimos en busca del desaparecido grupo prefabricado de eurodance Vengaboys, a quienes los 90 deben bailoteos fáciles como The Vengabus is coming o Boom boom boom boom.
Cierto, visitamos el club Banghra, templo del house, para empezar por algún sitio. Cierto, nos tomamos unos Aquarius y compramos unas pastillitas con la cara de Bart Simpson, para ponernos a tono. Cierto, nos dio por bailar, y de algún modo todos teníamos parejas, y en un momento de éxtasis al amanecer creímos ver a la negra de los Vengaboys. La perseguimos, subimos a un coche. A partir de aquí, y durante dos páginas, las notas se vuelven ininteligibles. En los bolsillos conservamos sobres de condones y cápsulas de MDMA; lucimos sellos de treinta clubes distintos del dorso de la mano al hombro, quemaduras solares en la espalda, sal en la piel, látex líquido en los genitales. De pronto, la letra vuelve a ser legible; la lengua vuelve a ser castellano. Dice así:
«Despertamos tirados en una playa. No reconocemos nuestra ropa. Contra el cielo violeta, una fina columna de humo guía nuestra mirada hacia un vehículo aparcado en la arena. Es el Vengabús.»
«Nos acercamos. La negra de los Vengaboys está asando chorizos en una barbacoa portátil. La blanca bebe cerveza. Los chicos, el latino y el que vestía de marinerito, ya no están con ellas. Un día salieron del armario y se confesaron: “no, no somos gays”; y volvieron a Holanda. Las chicas nos hablan; no estamos seguros de que sean reales; quizá esto es un sueño místico, pero nos invitan a comer y nos sabe a gloria. Llevan 10 años en Ibiza; no han intentado volver ni están muy seguras de que la isla se lo permitiera.»
«La blanca comenta: “Debéis de llevar un cebollón tremendo.” Aparentemente, ese es el precio: uno puede escuchar a los Vengaboys, puede bailarlos, pero conocerlos en persona implica hundirse hasta las cejas en su música. Teníamos que perdernos para encontrarlas. Ahora, tenemos que volver. Sólo hay una manera: subir al Vengabús. “Tenemos que pinchar en una fiesta en la otra punta de la isla, pero os podemos dejar en algún sitio”, dice la negra.»
Aquí terminan las notas. Lo siguiente que recordamos, tras la laguna de esa segunda fiesta, es el bote hinchable. Ibiza ha querido devolvernos. Aquí termina también este artículo: hemos de hacer algo con la dinamarquesa antes de que despierte.