Hallan a un crítico de la Guía Michelin comiendo de un contenedor
Ocurrió detrás de un Mercadona que ya espera, anhelante, su primera estrella

Frecuentado día y noche por comensales hambrientos, el contenedor tras el Mercadona de la Calle Galvanoplastia, cercana al polígono industrial de Patabajo, es uno de los puntos de reunión de la indigencia de Madrid. Tanto vagabundos veteranos como parados tocados por la crisis (nouveaux pauvres, les llaman despectivamente) rebuscan entre la fruta fea y la carne caducada del día. Era cuestión de tiempo que la fama del comedor llegase a oídos de la Guía Michelin, que el martes envió a su crítico.
«Casi no nos dimos cuenta de quién era», relata María José Buagazas, matriarca gitana que, a falta de maître, se erige en gerenta y jueza del lugar. «Era un señor normal, muy discreto, la mar de integrado. Incluso se peleó con una yonki por una bandeja de chuletas de cerdo y acabó neutralizándola con una patada en las ingles. Se asó la carne en la parrilla común —tienen un fueguito dentro de un bidón, como es costumbre— y comió ahí solo en el rincón, gazpacho de bote, garbanzos cocidos y un cartón de Don Simón. Y de postre, Actimel, como todos.» Sólo descubrieron su profesión tras robarle la cartera.
El caso es que hemos llamado al señor Michelin (que, para nuestra sorpresa, no es el célebre muñeco blanco, sino un señor que dirige el cotarro y ni siquiera se llama Michelin), y nos ha dicho que no tiene noticia de haber mandado a ningún crítico a un contenedor de supermercado: «Sería que iba a comer de verdad, por una vez. Piense que nuestros críticos se tiran meses viajando y probando cocina de vanguardia, y como pagan con tarjeta de la empresa, no llevan suelto para chuches en las gasolineras. Pasan más hambre que el perro del afilador.» Todo esto en francés. Le chien du rémouleur.
La parroquia del contenedor espera con ilusión salir mencionada en la guía del año que viene. Y si cae una estrellita, mejor. Ve apretando el culo, Arzak.