De la literaria serie «El Jueves investiga: ¿Qué fue de...?»
El Capitán Iglo: «¡Arriad los foques! ¡Trincad las jarcias! ¡Y traedme un diccionario, no sé de qué mierda estoy hablando!

«Llámenos Ishmael. A los tres.» Y es que, al alistarnos en el puerto de Le Havre, el tipo que apuntaba los nombres se ha empeñado en rebautizarnos con ese nombre a todo el equipo del Qué Fue De. Incluso a la fotógrafa. No hemos querido llevarle la contraria: somos nuevos en los muelles; ¿qué sabremos de las ancestrales costumbres del gremio marinero? Como lo de que el alistador oliera a aguardiente y llevara un pulpo pegado a la nuca; quizá no es una excentricidad, sino un requisito. Por si acaso, nos hemos vertido una botella de Brugal por la cabeza antes de entrevistarnos con el primer oficial Frappuccino, que nos ha de enrolar a bordo del velero Empanao. Todo sea por agradar al legendario Capitán Iglo/Pescanova. Sólo ansiamos ser dignos de ser sus intrépidos grumetes.
«El Capitán Iglo rescindió su contrato con los congelados. Ya no está interesado en pescar merluzas... Sólo a la merluza.»
Los primeros dos meses de viaje sirven para saciar y lamentar esa vocación. Nos hemos desollado las manos con las sogas, nos hemos dejado vapulear por el oleaje y, lo más extraño, no hemos importunado a las merluzas más allá de vomitarles encima cuando nos daba el mareo. Frappuccino nos lo confesó una noche helada, durante la guardia: «El Capitán Iglo rescindió su contrato con los congelados. Ya no está interesado en pescar merluzas... —y mirando a la luna llena, musita— Sólo a la merluza.»
A las seis semanas, el capitán se digna a emerger de su camarote. Ni los más veteranos evitan un respeto rayano en el temor. ¿Puede envejecer un hombre a quien recordamos desde la infancia con densa barba blanca y arruguillas en torno a los ojos? Sí, puede. Las arrugas se han convertido en pliegues como los del cogote de un manatí; la barba es como nieve pisoteada; el cuerpo se encorva bajo el chubasquero azul. Ha perdido peso. Concretamente, la pierna izquierda.
Su cuerpo se encorva bajo el chubasquero azul. Ha perdido peso. Concretamente, la pierna izquierda.
«¡Marineros!», clama, señalando la tormenta en ciernes: «¡Se acerca otra batalla en la eterna guerra!» Pese a su misantropía, Iglo no ha perdido el vínculo con su tripulación. Una sola palabra suya restaura la confianza ciega; incluso se dirige a todos por nuestros nombres: «¡Ishmael, prepara los arpones! ¡Tú, Ishmael, amara el bote! Siento que mi némesis está cerca... ¡Ahí! —grita de pronto, girando los cuellos de todo el barco hacia proa— ¡Ahí está, el leviatán!» Y de una de las olas que empiezan a ganar el palo de bauprés, surge, aleteando graciosamente antes de hundirse con un chapoteo, el leviatán de seis palmos mal contados: un hermoso merluzo albino, de color blanco marfil. La misma ola arrasa la cubierta.
El mar sucumbe la nave en el caos. Iglo se erige en comandante, pero ¿de qué lado está? Los hombres del Empanao no son hombres ya; son dedos de las manos de su capitán, siguiendo sus órdenes, ajenos a la furia de los elementos: «¡Arriad los foques! ¡Trincad las jarcias! ¡Traedme un diccionario, ni yo sé de qué mierda estoy hablando!» De nada sirven las súplicas del oficial Frappuccino, que intenta arrancarle el arpón de las manos: «¡Suéltame, Ishmael! —aúlla Iglo por encima del viento y el granizo— ¡¿No lo escuchas?! ¡El monstruo me reclama! ¡Quiere más del hombre que ya probó! ¡Estamos destinados a exterminarnos!»
Esperamos que esa frase premonitoria sirva de final plausible. Lo que es nosotros, amanecimos al día siguiente sobre un pedazo del castillo de proa.