Le invitan a un entierro en Pamplona y se presenta de blanco y con pañoleta
«Seré el primero en oír mal cuando le comunican la muerte de su padre», se queja el afectado

Se rendía el último adiós a Don Matías Mastrueque de Noroña, miembro de una larga saga de industriales navarros, los Mastrueque de toda la vida. Oficiaba la ceremonia el mismísimo obispo de Tudela. La parroquia era un quién es quién de la alta sociedad pamplonica; el luto, unánime. Salvo por el hijo mayor del finado, un joya de 38 años que, amén de llegar media hora tarde —lo que extrañó a pocos, teniendo fama de cabeza loca—, irrumpió vestido de blanco, con faja, pañoleta y txapela roja, saltando por encima de los bancos y gritando «¡que los suelten, que los suelten!»
Subsanados los desperfectos en el mobiliario y los soponcios entre las damas, el malentendido se aclaró: se ve que cuando informaron del acto al muchacho, entre que la conferencia con Bora Bora era maluna, que traía un oído tapado de la playa y que esa mañana estaba de resaca de daiquiri, oyó mal y pensó que lo estaban invitando al último coletazo de los Sanfermines: «Supongo que el subconsciente me traicionó, ya que me apetecía más correr un encierro que ir al entierro de mi padre», se excusó el joven Mastrueque ante sus viejos amigos, los reporteros de sociedad.
Claro que esa primera confusión no justifica que llegase al entierro aún resacoso, o nuevamente borracho, y que se empeñase en atizar al obispo en los morros con un Diario de Navarra enrollado, confundiéndolo con la vaquilla. Pero la prensa del corazón sin duda será condescendiente con esa falta al protocolo. ¡Es que es tan salao, el muchacho...!