De la sionista serie «El Jueves investiga: ¿Qué fue de...?
Los Lemmings: «¡Llegamos a la tierra prometida! Ahora la estamos amueblando con armas nucleares»


Cójanse unos seis píxeles blancos, diez azules y cuatro verdes (las cantidades varían en función de tu resolución), y obtendrás un lemming. Fabrica cien iguales, viértelos en un escenario bidimensional y tendrás un nivel jugable de Lemmings, uno de los hitos de la historia de los videojuegos.
A quien se quejase de que los arcades no prometían más objetivos que violencia y destrucción, había que cederle el joystick y dejar que enloqueciera intentando salvar a un centenar de individuos de la muerte segura a la que siempre se dirigían, en línea recta y fila india. Ábreles un túnel, constrúyeles un puente, cámbialos de dirección, llévalos a la salida. ¡Enhorabuena! Has batido uno de los cien niveles del primero de tropecientos juegos extenuantes que cribaron a toda una generación, separando a los nobles samaritanos de los futuros genocidas.
Lem Stopper, centurión retirado, recuerda los infaustos años del éxodo mientras se repasa las cicatrices. «Era tan fácil que nuestros salvadores se convirtiesen en sádicos... Pero han de entender nuestra situación: dentro del juego, con otros 99 lemmings atrapados en un foso, había tanto bullicio que a veces no entendíamos las órdenes...» Y entonces llegaban las broncas con la pantalla: ¡Joder! ¡He dicho que excaves, no que construyas un puente! Pues mira, ahora le doy al nuke y a tomar por culo tú y toda tu puta raza! Un juego muy educativo, ya lo hemos dicho.
Lem Stopper, el veterano con el que hablamos, ha visto morir 301.751.394 lemmings. Pero, ¿de dónde salían tantos? «Del píxel venimos, y en píxeles nos convertiremos...»
Stopper recuerda con lágrimas en los ojos a los compañeros caídos en el camino: «El bueno de Phil... James... Roberts... el joven Ben Bomber... Tim Bridger, el constructor de puentes al que siempre se le acababan las losas a un centímetro de la otra orilla...» Nos vemos obligados a atajar su memoria: «Discúlpenme, no daré más nombres: en total, creo que he visto morir ahogados, despachurrados o autodestruidos a 301.751.394 lemmings. No me imagino qué porcentaje del total representaban.» Eso es cierto: ¿de dónde salía tanto lemming nuevo? ¿Se duplicaban por mitosis? ¿Conoce su especie la reproducción sexual? Es más, ¿tienen sexo los lemmings? Stopper se limita a citar la Torá: «Del píxel venimos, y en píxeles nos convertiremos...»
Pero llegó el final del camino: la industria del videojuego cerró la franquicia (el 3D no les sentaba bien a los lemmings) y las Naciones Unidas concedieron a nuestros héroes un pedazo de tierra que ahora les pertenece en toda ley, después de cuarenta años vagando por mapas de bits. «Por fin podemos descansar», dice Stopper. Es cierto que tienen algunos problemas con los aborígenes, pero es cuestión de tiempo que el conflicto se resuelva: los aborígenes no son infinitos; los lemmings, sí. La comunidad internacional se queja del ruido algunas veces, pero no se atreven a abroncarles. «¿Cómo van a hacerlo, con lo que mi pueblo ha sufrido?», clama Stopper.
Mientras tanto, los lemmings se ponen cómodos y amueblan la tierra prometida a su gusto. «Ahora estamos construyendo un arsenal nuclear que se va a cagar la burra», ríe Stopper. «¿Qué pasa? ¿A qué vienen esas caras? ¡Ustedes nos han hecho explotar miles de veces; acaso nosotros no tenemos derecho a jugar?»