Una conmovedora historia de supervivencia y desprecio por la verosimilitud
Mujer atrapada en un atasco escapa fabricándose un helicóptero

La historia se repetía para Elena Beneñaque: otro principio de agosto atrapada en la carretera, su viejo Ford Ka encallado entre otros diez mil vehículos en la N-II. La pesadilla del año pasado se repetía. «En 2009 perdí once días de mis vacaciones, doce kilos de peso y a mi gato BigMac antes de llegar a la civilización. No permitiría que me pasara otra vez.»
La situación no era fácil: después de la primera noche al volante, Elena despertó a la terrible realidad: millas y millas de vehículos en punto muerto extendiéndose en ambas direcciones, como una serpiente moribunda resignada a secarse al sol.
Ensayó hablar con otros supervivientes, pero habían sucumbido al pánico o al tedio: «Deliraban; se volvían agresivos, azuzaban a sus hijos a que me orinaran encima. Hubo batallas campales, suicidios. »
«La radio no daba respuestas. Los locutores estaban de vacaciones y los becarios se limitaban a pinchar a Shakira», protesta Elena. Pugnando por conservar la calma, ensayó hablar con otros supervivientes, pero no logró arrancarles una frase coherente: «Habían sucumbido al pánico o al tedio; deliraban; estudiaban mapas; se volvían agresivos, azuzaban a sus hijos a que me orinaran encima. Algunos intentaban maniobras absurdas, golpeando a otros vehículos sin darse cuenta o en un patético intento de provocarles. Hubo batallas campales, suicidios. En un monovolumen, una familia entera se había inmolado dejando escrito en sangre sobre el parabrisas un mensaje de desesperación: "Dicen que es por un semáforo en Vinaròs".»
Pero Elena no sucumbiría esta vez. La experiencia del año anterior le había enseñado supervivencia; «y las reposiciones de McGyver también me han enseñado unas cuantas cosas». Con piezas de los automóviles contiguos, cuyos propietarios estaban demasiado débiles para defenderlos, nuestra heroína se construyó un helicóptero ligero. Le llevó apenas dos días, durante los cuales se alimentó de agua de radiador y golosinas que robaba a los hijos de los domingueros, no sin extrema violencia. Así pudo huir del atasco sobrevolando al resto de coches.
«Ahora los dos podemos disfrutar de nuestras vacaciones», exclama Elena, risueña, en la playa, a pocos metros del helicóptero oportunamente estrellado sobre un chiringuito. «¡Tanto el señor White como yo nos las merecemos!»
(Cabe decir que el señor White es una caja de pañuelos de papel a la que Elena ha pintado cara y a la que trata como a un humano. «A partir del tercer día, la soledad del náufrago se hace intolerable», nos confiesa.)