De la troposférica serie «El Jueves investiga: ¿Qué fue de...?»
Paco Montesdeoca: «No hay ascensor bastante largo para que yo hable del tiempo todo lo que he de hablar»


El hombre del tiempo es un privilegiado de los informativos. Los espectadores no suelen empatizar con el frontman que les sirve noticias amargas cada día; los reporteros en el extranjero son muy fríos (corresponsal en Siberia es lo que tiene); y a los de deportes les dábamos un pico y una pala. Hacia el hombre del tiempo, en cambio, siempre tenemos una deferencia. Será por ese trato humano, cordial; por sus simpáticos iconos de «sol nuboso con posibilidad de chubascos»; porque su disciplina científica obliga a ser condescendiente con el público profano; por su paciente enseñanza de estratocúmulos e isobaras; por su sonrisa benigna anuncie lo que anuncie, buen tiempo o bochorno o granizos como sandías; porque, en una palabra, lo disfruta. «El hombre del tiempo nace, no se hace.»
Conocimos a Paco Montesdeoca durante nuestras vacaciones. Hartos de vuelos intercontinentales, aprovechamos el verano para hacer sanas caminatas por territorio patrio. Un lugareño (el lugar era al norte de Huesca) nos propuso subir al Montecillo Chaparro. Omitió, con esa flema norteña, que el puto montecillo es en realidad un contrafuerte del Pirineo aragonés de 2700 metros.
A los 1900, en un escalón entre dos paredes, bajo la lluvia, pensando seriamente en amputarnos los dedos de los pies, creímos alucinar: oíamos una melodía entre la niebla. ¿El trino del somormujo alpino?, nos preguntamos. No, sonaba a ser humano silbando la «Ronda de los enamorados» de La del soto del parral. Y entonces, siguiendo a la melodía, emergió de la bruma el afable rostro batracio de un gordito sexagenario en traje de tirolés.
—¡Válgame Dios! ¿Qué hacen ustedes por estas cotas, con la que va a caer? ¿No saben lo traicionero que es ese viento del Cantábrico?
—¡Paco Montesdeoca! —exclamamos los que no hemos sucumbido al edema pulmonar— Pero... ¿Usted? ¿Aquí? ¿Cómo...?
—Tiempo habrá para respuestas. Si pretendían subir al Monte Chaparro, ¿por qué no han cogido el ascensor?
Desconcertados, nos dejamos guiar por un angosto vericueto hasta una estrecha plataforma de hormigón en la cara sudeste. Una larga cadena recorría toda la vertical del acantilado. Paco pulsó un botón. La cabina del ascensor se detuvo en nuestro andén a los tres minutos.
En la cima del Montecillo Chaparro espera una de las estaciones meteorológicas más avanzadas del «tercio norte peninsular» (palabra de Paco). De ahí la instalación de este práctico ascensor en el que no habíamos reparado.
—Y usted —adivinamos, dirigiéndonos a Montesdeoca, que fue despedido de TVE después de aquella mítica comisión de sabios— debe de trabajar en la estación.
—Apenas —nos corrige, con modestia—. Yo me doy por jubilado y soy un mero espectador para los muchachos de la estación. Miro sin intervenir, como el Meteosat contempla un sistema de bajas presiones.
»No —suspira, ensacándose los pantalones de tirolés mientras observa, a través de la cabina de cristal, la tormenta confabulándose en levante—; la estación meteorológica ha acabado para mí. Yo ahora disfruto más de este ascensor. ¡No existe ningún otro con trayecto lo bastante largo para que yo hable del tiempo todo lo que he de hablar! ¿Quieren que les cuente cómo afecta el calentamiento global al retraso del otoño?