De la egipcia serie «El Jueves investiga: ¿Qué fue de...?»
Bangles: «Es sólo otro lunes de mierda (oooh-u-oooh)»

Sobre la tapa del piano, un paquete de cigarrillos pastorea un rebaño disperso de chicles de colores. En la pecera, Vicki & Debbi Peterson, a la guitarra y la batería respectivamente, interrumpen por séptima vez la grabación al llegar al estribillo. Vicki insiste en que Debbi hace demasiados fills; Debbi exige protagonismo, ya que la canción es suya; Vicki dice que la canción es del compositor, no del letrista; Debbi la acusa de defender eso sólo porque no sabe rimar ni con diccionario.
A este lado del cristal, sobre una pirámide de cojines, la bajista suelta el tubo de un narguile y exclama: «Me aburro». Y Susanna Hoffs musita al oído del productor: «Quiero a esa zorra fuera del grupo.»
El grupo es Bangles, y estamos con ellas en un estudio de Los Angeles en el que llevan encerradas dos años, grabando su álbum de retorno. La bajista a la que Hoffs planea despedir es la cuarta que pasa por aquí. Volver a grabar la pista del bajo con una nueva chica alargaría la salida de su prometido disco otros dos meses. Pero no importa lo que cueste: «Estamos decididas a volver», insiste Hoffs.
«Seremos las Chicas de Oro de la costa oeste, en versión rockera»
¿Puede remendarse la trágica disolución de la banda original, a finales de los 80? A pesar de las fricciones, Hoffs cree que sí. Y como líder del grupo, ella se ve capaz de reagrupar a las chicas. Esto, desgraciadamente, lo ha dicho con el micro abierto, de tal modo que las Peterson, dentro de la pecera, se encaran hacia el cristal para gritar a coro: «¡Tú NO eres la líder del grupo!»
Hoffs les hace caso omiso: «De acuerdo, hay fricciones, pero eso es inevitable. Las discusiones son el lubricante de esta relación. Tendríais que vernos en directo —y es cierto; las Bangles ya han vuelto a pisar los escenarios—: el Walk Like an Egyptian sale tan bien que hasta las panderetas van a coro. Nos hemos emocionado tanto tocando el Eternal Flame que una vez, en Berlín, me corté las venas encima del piano, del dramatismo. Estamos destinadas a envejecer juntas.»
«Seremos las Chicas de Oro de la costa oeste, versión rockera», intercala la bajista, colocada en su rincón.
«No le hagáis caso; esa es la sustituta de la sustituta de la sustituta de la bajista original, Michael Steele.»
«¡Soy la bajista original, Michael Steele, y ni siquiera me reconociste cuando volví, vacaburra!»
Pero, ¿por qué empeñarse en volver? Si algo debe agradecerse a las Bangles es que, precisamente, se fueron cuando estaban en lo más alto: ese acto de prudencia y sacrificio en el que fracasan tantos otros grupos. ¿Cuántos músicos han sabido retirarse en la cima, sin necesidad de pegarse un tiro en la boca? Pocos. «Sí, pero ¿has pensado en qué fue de esos pocos? Después de las ovaciones, del sexo con groupies, de los hoteles devastados, imagina amanecer en una cama que es tuya y de la que tendrás que limpiar tu propio vómito, con un hombre cuyo nombre recuerdas, y teniendo que ir a un curro en el que nadie te aplaude porque it’s just another manic monday —lo que se traduciría como «es sólo otro lunes de mierda», y a lo que las chicas, interrumpiendo su riña, y nosotros mismos, añadimos a coro: «Oooh-u-oooh».
»De eso es de lo que queremos huir. Es lo que nos empuja a continuar con este jodido álbum.»
Mientras, en la pecera, Debbi y Vicki han vuelto a la pelea y se lanzan la una a la otra contra las paredes acolchadas. Hoffs exclama: «Joder, hermanas. Veinte años más tarde, y aún como crías.» A lo que Steele añade: «Suerte que tú has envejecido por ellas.» Y Hoffs le rompe el narguile en la cabeza.
