De la serie que misteriosamente se ausenta cuando Edgar está de vacaciones, «Qué fue de»
Tristanbraker: «Registro lecturas altísimas en mi contador de psicochakras de fú»

El fenómeno empezó con manifestaciones tímidas. Algún libro cambiado de sitio, extraños ruidos al anochecer, arañazos en las mesas... No quisimos darle importancia. Al final, acabamos con el director adjunto asesinado grotescamente en el baño mientras una voz de ultratumba, acompañada de un rasgueo de guitarra, retumbaba en la redacción brotando de una brecha en el tejido espaciotemporal: «¡Soy yo, el fantasma de Sor Sonrisa! ¡¿Qué demonios queréis de mí?!»
Entonces lo supimos. Esta vez, habíamos ido demasiado lejos. Intentando dar con el actual paradero de Jeannine Deckers, la monjita que cantaba Dominique-nique-nique, nos cegó el orgullo y no dejamos que nos frenara ni el certificado de defunción fechado en 1985. Nunca debimos seguir investigando; nunca debimos llamar a aquellos números de teléfono que encontramos en un margen del Necronomicón. Ahora la habíamos liado. La redacción estaba embrujada. Y, ¿a quién vamos a llamar?
La respuesta era «a Los Cazafantasmas», claro, pero bajo esa categoría de las páginas amarillas («Cazafantasmas, véase también Curanderos, Asociaciones religiosas, Cotolengos») sólo constaba una entrada. Y no era el negocio de los doctores Venkman, Standz y Spengler. Era el impronunciable nombre del Profesor Tristanbraker.
El grequiano Tristanbraker llegó a nuestra redacción enfundado en su abrigo de Polil y sombrero bajo cuya ala se encrespaba un torbellino de cejas grises. No prestó atención al apagón ni a la sangre de las paredes, concentrado en un aparato que, a nuestros ojos profanos, parecía una mezcla entre un Dymo y un contador Geiger.
—Registro una lectura altísima en mi contador de psicochakras de fú —es lo primero que dice, en lugar del «buenas noches, soy un loco peligroso» que habríamos esperado—. Tienen ustedes un embrujo galopante en esta casa. Probablemente se trate de la antigua inquilina.
Le explicamos que en realidad es el fantasma de una monja cantante de los 60, pero Tristanbraker no nos hace caso, ocupado en crear un espacio «libre de ectoplasmas» dibujando un pentáculo en el suelo y sembrando nuestros despachos de lámparas de lava. Hasta por pasar el rato, le preguntamos qué fue de él desde que le entrevistaba Cárdenas.
—¿Cómo que «qué fue de» mí? ¡He seguido en primera fila! Fui asesor espiritual de la CIA, estuve investigando el Triángulo de las Bermudas, y volví a mis clases en el Instituto de Parapsicología de Wachiwachikey en Massachussets, Wisconsin. Claro, todo eso no sale por la tele porque no interesa. Bueno, es verdad que anduve desaparecido durante mi tercera abducción alienígena, y un viaje astral durante el que mi cuerpo, según me han dicho, pasó dos años vagando por un parque insultando a las palomas. Pero este año, en 2007, he vuelto al trabajo doméstico. Apártense por favor: intentaré localizar al espíritu con mi emisor de ondas prusianas.
—Parece el secador de Cindy —comenta el redactor.
—¡Silencio! Tengo al fantasma acorralado en ese rincón. Lo capturaré en una de mis trampas portátiles.
Y dicho y hecho, Tristanbraker se saca del bolsillo una bolsa del Pryca, la sacude en el aire y se apresura a anudarla, mostrándonos a continuación su captura:
—Listo: un clase 5 en la escala Gromenauer. Serán 1.200€ y la voluntad.
—De acuerdo —salta la fotógrafa—: acepta cheques del banco de Walpurgis, ¿verdad?
—Euh, la verdad es que... Bueno, sí, claro, por supuesto. El famoso banco de Walpurgis.
Le hacemos un cheque en Photoshop, escrito con Comic Sans, lo imprimimos, lo firmamos, y se marcha tan contento, mirándolo a contraluz. Luego le arrojamos por la ventana los cacharros que se ha dejado.
La voz de ultratumba reaparece:
—¿Se ha ido ese majadero?
—Sí, hermana.
—Vale. ¿Queríais hacerme una entrevista?
