De la pseudocientífica serie «El Jueves investiga: ¿qué fue de...?»
Tamariz: «Tendríais que verme reventando la mesa de blackjack del casino»

El día que conocimos a Tamariz, antes de poder soltarle buenos días, clavó en nuestros ojos sus ojos siempre desorbitados y gritó: «¡El siete de tréboles!»
Este primer y desconcertante encuentro tuvo lugar en un pasillo del teatro Zorrilla, en Zaragoza. Al cual acudimos los del Qué Fue De, sin necesitar mucha investigación previa para dar con su paradero. No nos lo planteamos como un reto. Sencillamente, necesitábamos hablar con Juan Tamariz.
La visita al QFD de Tristanbraker, la semana pasada, nos había dejado mal sabor de boca. El teatro, además, nos trajo el recuerdo de nuestro interviú a otro cantamañanas psíquico, Toni Kamo. Todas las fuentes relacionadas con las ciencias ocultas que hemos entrevistado han dado a nuestros artículos el mismo poso amargo: gusto a rancio, a decadente... digámoslo de una vez, a timo. Y eso nos entristece. Nos decepciona constatar que todas las ciencias que exploran más allá de la ciencia tengan tan poco de ciencia. Nos molesta que los supuestos cazafantasmas, hipnotizadores y pitonisos sean estafadores (en el mejor de los casos) o idiotas (en el peor) tan fáciles de descubrir. Nos ofende su ineptitud desprestigie el reino que representan. Porque nosotros, como Fox Mulder, queremos creer que hay algo más que lo que vemos, soñamos con magia e inmortalidad... Y esos payasos nos lo ponen muy difícil.
—Por eso hemos venido a verte a ti, Tamariz. El único mago verdadero que conocemos.
Entonces, Tamariz cambia su sonrisa enloquecida por otra de Gandalf comprensivo. Se quita las gafas. Guarda el violín imaginario en un estuche imaginario, y responde: «Claro que es magia.»
Hemos visto su espectáculo en el teatro, donde hace aparecer y desaparecer los naipes y predice y acierta cuál saldrá de la cima de la baraja, o de en medio, o de la mano de un voluntario, o de la regatera de una señora de Sabiñánigo, todo ello mientras parlotea a 90 palabras por minuto y toca un violín imaginario. Cuando le acompañamos al camerino, es capaz de repetir la proeza a treinta centímetros de nuestras narices, y nos deja igual de atónitos, o más.
—Pero dinos la verdad, Tamariz: ¿es magia —hay magia—, o es truco?
Entonces, Tamariz cambia su sonrisa enloquecida por otra de Gandalf comprensivo. Se quita las gafas. Guarda el violín imaginario en un estuche imaginario. Se sienta en la otomana y nos dice:
—Claro que es magia. ¿Qué es magia, por definición? Magia no es más que un truco que no se ve. ¿Acaso no era magia que la tierra girase alrededor del sol, antes de que Newton apuntase por qué?
Piensen en ello. Tiene razón. Este hombre es un genio.
—Pero, entonces, tú, que sabes hacer un truco que nosotros no vemos... tienes un poder. ¡Eres un mago!
—Lo soy.
—Entonces, hay magos, y hay magia. Eso abre las puertas a todo. ¡Podrían existir escobas voladoras, piedras filosofales, resurrecciones!
—Me temo que no conozco magos tan buenos como todo eso —se apresura a calmarnos Tamariz—. De hecho, yo soy de los mejores magos que conozco. Y esto es todo de lo que soy capaz —dice, enseñando la baraja—. Si supiera más, ya me habría arreglado los dientes hace tiempo.
—Pero, ¿por qué limitarse a la baraja?
—Porque la baraja es un pequeño universo de sólo 52 átomos, mucho más manejable que este en el que vivimos y mucho más fácil de doblegar y burlar a mi antojo. La magia, a día de hoy, aún no va más allá. No puedo prometeros, pues, el don de volar, ni esclavos sexuales, pero algo es algo, y seguiremos investigando. Además, este pequeño poder ya permite alguna alegría. Tendríais que verme desplumando a los casinos de Biarritz en la mesa de blackjack.
Dejamos a Tamariz, diez minutos después, sintiendo más ligero el corazón.
Esta mañana, el que esto escribe ha ido a cagar, y cuando ha mirado al interior de la taza después de la descarga, ahí estaba, inmaculado: el siete de tréboles.
Este hombre es un puto genio.
