De la diversiva serie «El Jueves investiga: ¿Qué fue de...?»
El perro del Cuentacuentos: «Menudas brasas pega el colega»

El Cuentacuentos, en sus buenos tiempos, y el perro, ahora que está más despierto que su amo.
Corrían los 80 y Jim Henson, que era el puto amo y sigue siéndolo, pero que entonces jugaba con la ventaja de estar vivo, creó una serie de televisión llamada El Cuentacuentos. Un cuervo con un anillo en el pico nos guiaba a través de brumosos bosques y oscuros castillos hasta la decrépita casa que nos hacía añorar el feliz colorido de Barrio Sésamo. Es el mismo camino que hemos recorrido a pie por el norte de Escocia, retrocediendo siglos y siglos, siguiendo al esquivo urraco bajo el granizo y el frío, para llamar a la puerta y calentar nuestros culos ante el hogar del Cuentacuentos.
Una voz ronca nos invita a cruzar el umbral. Entramos, arrebujados en sucios abrigos, cerrando la puerta a la tormenta que amenaza con apagar las velas y soplar las telarañas de los rincones —y esto último sería de agradecer—. El portazo nos deja solos con los escasos ruidos del hogar: el crepitar del fuego, el rechinar de la mecedora. Tímidos, amalgamados, avanzamos hacia el cálido resplandor del salón.
Todo es como lo recordamos: el alto techo, la amplia chimenea, el sillón del Cuentacuentos, aún más polvoriento si cabe. La mano nudosa yace inmóvil sobre el reposabrazos. El perro, desde su puesto habitual, siempre al pie del amo y más cerca del fuego que él, nos interpela: «No sean tímidos. Pasen, pasen. Sírvanse un brandy. Está en el mueble de su izquierda.»
Pero no queremos beber. Este lugar nos devuelve a la infancia; nos gustaría hacernos un Nesquik y sentarnos en el suelo a escuchar una última historia antes de ir a la cama: ¿Qué fue del Cuentacuentos? Sin embargo, cuando rodeamos la mecedora, comprendemos que nos vamos a quedar con las ganas. Los labios articulan sílabas, pero el aire de los pulmones no basta para llevarlas más allá de su nariz. Lo que no es una distancia corta, bien es cierto.
«Mira que le he dicho veces: "Pero ¿dónde has visto tú contarle cuentos al perro? Sácame a pasear, tírame una pelotita, ¡pero deja de darme la chapa, por Cristo!"»
«¿Venían a escucharle a él?», pregunta el perro. «Va a ser difícil. Nunca empieza una historia nueva sin terminar la anterior. Y lleva sin callar desde el 92.»
«Ah, ¿habla solo?»
«Solo, no. ¿O es que tengo pinta de alfombra?», exclama el ofendido sabueso. «Tengo suerte de que, en otoño, la humedad le afecta la laringe y se le baja el volumen. Pero si vinieran en mayo... ¡como en sus mejores tiempos! ¡Menudas brasas pega el colega! Lástima que no esté la tele para verlo, pero no tener público no le ha frenado nunca. Mira que le he dicho veces, cuando se dejaba interrumpir, «pero ¿dónde has visto tú contarle cuentos al perro? Joder, sácame a pasear, tírame una pelotita, haz lo que hacen los otros amos, ¡pero deja de darme la chapa, por Cristo!»
«¿Y por qué dejó de venir la tele?»
«Prejubilación. ¿Se dan cuenta? Prejubilar a este hombre, que está en la flor de la vida. La BBC no tiene entrañas.»
«¿Y su último cuento?», nos queda por preguntar. «¿Cuál es?»
«Vete a saber. La última vez que entreoí algo, que fue en agosto, si mal no recuerdo, el prota estaba en la cárcel para sacar a su hermano y la cárcel estaba en una isla del Pacífico, poblada por vampiros... Ah, y el prota es un médico cojo y bastante cabrón. De vez en cuando viene alguien a oírlo en busca de inspiración, escucha un par de horas y se va la mar de contento.»