El gilipollas de la semana: George Bush
Por abogar en sus memorias por las torturas en Irak y confesar que ir a la guerra le produjo «náuseas»

George Bush ha estado relativamente calladito desde que dejó el poder. Algo impensable en un ex presidente de... de cualquier cosa, vaya. Para compensar, acaba de publicar sus memorias y está en pleno tour de presentación.
La crítica dice que el libro es lo previsible: una cuidada selección de datos que respaldan más o menos sus decisiones, mientras otra información que le desautorizaría se mantiene oculta. Vale, tan gilipollas como para publicar los informes de la ONU donde se decía «no, no hay armas de destrucción masiva en Irak» no ha sido. Sin embargo, el cuento de que él se sintió «un disidente en el gabinete», que fue a la guerra a regañadientes (es curioso, porque nuestro Aznar, en cambio, le siguió con la lengua metida en el esfínter presidencial), y que el descubrimiento de que no había armas que justificasen la invasión todavía le «produce náuseas», pues no hay por donde cogerlo. Y menos aún cuando en otro capítulo defiende que las torturas a presos no están tan mal (no, claro, si no eres el preso están cojonudas), y que, tuviéramos motivos o no, tienen ustedes que reconocer que el mundo es un lugar mejor sin Saddam. ¡Huy!, qué ruido hacen esos atentados en Bagdad. ¿Puede alguien cerrar esa ventana?
En fin, ya se sabe: presidente que deja el cargo, ex presidente que vuelve para un bis y sume al país entero en un sentido facepalm. ¡Bush no iba a ser menos!