De la fabulosa serie «El Jueves investiga: ¿Qué fue de...?»
Eva Sannum: «¿De dónde creíais que salían las villanas de Disney?»

En Diciembre de 2002, Eva Sannum regresó al norte de un país del norte, y la nieve y las largas noches árticas la escondieron de la luz pública. Poco antes, su romance con el heredero de una casa real del sur había deforestado millas de bosque papelero, y a medida que el «aquí te pillo, aquí te mato» tomaba tintes de «hay un nuevo cepillo de dientes en La Zarzuela», el debate se contagió a estratos cada vez más altos, desde comadres y Peñafiel hasta los supertacañones de la patria. Estos acabaron por censurar la relación, bajo el argumento bandera de que una modelo de lencería no podía ser reina de España cuando todos sus súbditos la habían visto en paños menores.
Que es exactamente como nos recibió a nosotros: en braguita y sujetador de encaje, descalza sobre un estanque helado y bajo un cielo blanco moteado de cuervos, al norte del poblado de Röyksopp, para sorpresa de dos tercios de nuestro equipo y aburrida indiferencia de la fotógrafa.
«Bajo la nieve o junto al fuego, mi corazón sigue helado», la oímos recitar a nuestra llegada, hablando con la nieve. «No siento frío ni calor. Mi corazón roto ya no siente nada.»
La frase nos recuerda a la última vez que visitamos el país, para asistir al rodaje de una película de Dolph Lundgren. Eva Sannum podría ser la heroína trágica de una ópera vikinga. El viento susurra acordes de Danny Elfman. Sobre nuestras cabezas, los cuervos se apostan con ruidoso aleteo sobre las ramas extendidas de los árboles que abrevan a la orilla del lago.
¿Qué fue de Eva Sannum? El público la olvidó pronto. ¿Su amado también? Nunca lo sabremos. Una presentadora de telediario irrumpió pronto en su vida y en las nuestras. Volvió a llenar el papel couché, volvió a desatar las críticas de las comadres y de Peñafiel, pero esta vez Felipe dijo: «Por mis cojones que esta me la quedo» (bueno, en la serie de hadas de Telecinco le hicieron decir «formo parte de algo muy antiguo que necesita mujeres como tú», pero ya nos entendemos). Se casaron, fueron felices y comieron perdices, y el indigno nombre de Eva Sannum no volvió a mancillar las páginas de ecos de sociedad. Pero Eva sigue llorando en su palacio de hielo.
«No, llorar tampoco lloro», nos corrige ella. «Sé resignarme. Un cuento de hadas sólo admite un príncipe y una princesa. Los roles han sido asignados. Yo permanezco aquí, y me nutro del único sentimiento que aún puedo permitirme.»
«¿Novelas de Corín Tellado?», preguntamos.
«No. El deseo de venganza.» Y la sombra de un cuervo en vuelo cruza en ese momento la tez blanca de la princesa que no fue. Los siniestros pájaros negros revolotean a su alrededor como cachorros que acuden al silbido de su amo. «Mi primer conjuro fracasó. Quise cambiarle la cara a la chica, convertirla en una extraña para él. Pero fallé: me salió más mona de lo que era antes (que no era difícil). Sin embargo, he aprendido que ella no es digna de mi odio. Es vuestro relamido concepto de la monarquía lo que me destruyó, y me vengaré por ello. Hundiré esa institución en el ridículo. ¡Ya escribí Felipe y Letizia, la serie... ¡y aún me falta componer el musical!»
Los cuervos la visten; un uniforme de alas negras cubre ahora la piel desnuda y los bordados de la lencería... ¿Son aún múltiples pájaros? ¿O son sólo dos enormes alas que la envuelven como una oscura vaina de pesadilla?
«¿Qué os pensabais?», nos grita entre el ruidoso aleteo. «¡Todo cuento de hadas ha de tener una bruja! ¡¿De dónde creíais que salían las villanas de Disney?!»
Esto, y una carcajada demencial, es lo último que oímos del pico de Eva Sannum mientras la vemos despegar y convertirse en un punto remoto del cielo.