Ley antitabaco
El estado es peor que tu madre
Y eso que tu madre ya me cae muy mal

La ley entró en vigor el 2 de enero, porque dijo alguien de arriba, condescendiente, que no querían amargarle el Año Nuevo a nadie. Tampoco habríamos podido fumar en bares aunque quisiéramos, porque ese día cerró hasta algún bazar chino, que ya es decir.
Pero pasó el fin de semana de resaca, lento y baboso, y ahora sí: se acabó fumar en cualquier espacio público cubierto. Los bares ya están retirando los ceniceros (dejen algunos, que colillas no es la única basura que produce el hombre) y los urbanos empiezan a afilar el lápiz como si planeasen salir a estaquear vampiros. Y mientras, instituciones como la Conselleria de Salut auguran que, sólo en Cataluña, esta ley nos ahorrará 800 muertes por tabaquismo pasivo al año. Números optimistas.
Pero no todo son pulgares en alto o encogimientos de hombros. Algunos se resisten a este estado de las cosas. Sospechan de oscuros intereses económicos y conspiranoicos tras la aparente buena intención de la ley. Miran con odio esa sonrisa institucional del «lo hacemos por vuestro bien» y gritan: «¡Joder, ni que fueras mi madre!» Y, ahí donde los ves, agarrados a sus cigarrillos como bebés a un chupete, tienen parte de razón. Votamos un gobierno, no una mamá sobreprotectora. Queremos que nos proteja de —por ejemplo— los inmigrantes que te quitan el trabajo o de los terremotos. Pero de ahí a que te mire lo que fumas y controle el peso de tus niños va un trecho. Y encima, esgrimiendo esos argumentos pseudocientíficos de madre, que cree que el resfriado lo causa el frío y no un virus, que verá no morir a 800 personas a final de año y dirá: «¿Ven? ¡Esto fue gracias a la ley antitabaco!» Y sonreirá, autoconfirmada en su falso silogismo.
Entonces, el fumador descontento se rebela. Sale a la calle y grita, «no, yo no pasaré por el aro». Y del mismo esfuerzo de gritar, le sobreviene un violento ataque de tos que le deja postrado en la acera, para incordio de los transeúntes, y su mensaje queda diluido en gargajos y esputos de alquitrán.
Y la conclusión es: cierto, el estado no es tu madre... Busca a la tuya y hazle caso, patán.