De la centenaria serie El Jueves investiga: ¿Qué fue de...?
El Capitán Trueno: «Las cruzadas han perdido su nobleza»

Escuchando rap árabe de un casete de gasolinera, bebiendo Nestea, equipados con Ray-bans y untados hasta las ingles en Nivea factor 45, nuestra Máquina del Misterio trisca por el desierto rocoso del norte de Afganistán, el pedregal del planeta.
La razón: nos preguntábamos Qué Fue De Bin Laden, que hace tiempo que no cuelga vídeo en Youtube, y como la atención de la Casa Blanca y la CNN está ahora más puesta en los insurgentes de Oriente medio que en los frentes abiertos por aquí, nos hemos colado en la zona aún bajo control talibán, a ver si le hacemos una entrevista al majadero máximo y nos dan el Pulitzer de una vez. Porque entrevistar a grupos pop y videojuegos está guay, pero de reconocimiento no te da mucho.
En cambio, poder contar que fuimos reporteros en Afganistán, que nos metimos por error en un campo de minas antipersona y que la primera que pisamos puso la furgoneta cabeza abajo, da mucho carisma. Es lo que pensamos cuando la furgoneta aún está a seis metros del suelo, antes de caer.
Salimos como podemos del vehículo para ser encañonados por los rifles de asalto de los talibanes. Se gritan órdenes unos a otros, guiándose para asegurarse de que ninguno pisa otra mina. Conocen su territorio. Saben dónde ponen los pies.
No esperan una emboscada aquí. Ese es su error.
En una colina próxima, una nube de polvo surca la ladera. Si no fuera porque esto es el QFD y solemos ver cosas raras, creeríamos que nos ha dado demasiado el sol cuando descubrimos al Capitán Trueno, Crispín y Sigrid esquiando por la pedregosa vertiente, invadiendo la llanura y hendiendo las filas de los talibanes, rebanándolos a espadazos y dejando que el resto huya a la desbandada por encima de las minas que los esquíes no llegan a despertar. Una retahíla de explosiones siguen a la estampida, y en apenas un minuto los talibanes han sido diezmados.
El Capitán Trueno frena junto a nosotros.
—¡Pardiez! ¡Qué hacéis los turistas por esta región de cabreros con Kalashnikovs?
No salimos de nuestro asombro, ni del recuadro imaginario de seis metros cuadrados que llenamos la furgoneta volcada y nosotros. Nos deshacemos en agradecimientos al Capitán, que frunce el ceño al oírnos hablar su idioma.
—Españoles, ¿eh? No se os puede sacar de casa. ¿No habéis leído que las cruzadas aún duran en esta región? Por eso nos exiliamos aquí.
—¿Os exiliasteis? ¿Para venir a las cruzadas?
—Mirad, guerras hay en todas partes; pero para guerreros como nosotros, de la época en que lo más parecido a un carro de combate era un caballo gordo, no quedan frentes auténticos. Ahora todo es mirar por una pantallita cómo caen las bombas sobre los colegios. No hay dignidad ni artesanía.
«Iba a sacar un nuevo cómic y me pidieron sustituir a los enemigos árabes por extraterrestres, para no ofender a minorías. Luego hacéis una guerra, y es 'a por los civiles, que se defienden menos'.»
Interrumpe al capitán un alarido en árabe que todos interpretamos, pese a desconocer la lengua, interpretamos correctamente como «idos al infierno, perros». El líder de los talibanes, al que un espadazo certero de Sigrid ha cortado limpiamente una mano, sostiene con la otra el AK-47. Le replica un nuevo combatiente del bando cristiano, con un bramido en español todos interpretamos como «¡gñ!». Goliath, el Bud Spencer a rayas del Terence Hill que es el Capitán Trueno, hunde las dos manos en la tierra, saca una mina anti-persona y la arroja como un frisbee al enemigo, al grito de «¡pilla cacho!». El talibán, sin manos libres, es incapaz de cogerla. La explosión acaba de desfragmentarlo.
—Las cruzadas han perdido su nobleza —suspira el Capitán Trueno—. Eso sí —añade, emprendiendo el camino de vuelta cuesta arriba—: la corrección política lo impregna todo. Iba a sacar un nuevo cómic titulado «¡Muerte al malvado sultán!», y me pidieron que rebajase el tono cambiando «muerte» por «pam-pam en el culete» y sustituir a los enemigos árabes por extraterrestres de ocho patas, para no ofender a minorías. Luego hacéis una guerra, y es «a por los civiles, que se defienden menos». ¡Habéis prosperado mucho, sí señor! —grita en la distancia, antes de desaparecer tras una peña— ¡Felicidades!
Estamos solos, rodeados de cadáveres, junto a una furgoneta volcada, en medio de un campo de minas. «Felicidades» era la palabra de aliento que necesitábamos.