Confirman el mito de la Nocilla de fresa
Confirman también que no estaba muy buena

El Big Bang, el Rey Arturo y la Nocilla de fresa: tres mitos envueltos en misterio, sepultados en el olvido, desdibujados apenas por hipótesis y ganas de creer. Hoy, uno de esos tres mitos asciende a la categoría de realidad. La variedad rosa de la popular crema de cacao y avellanas, que apenas sobrevivía en la nebulosa memoria de algún tragaldabas gafapasta (cuántas aes en ese sintagma, ¿verdad?: tragaldabas gafapasta), existió de veras.
Debemos el descubrimiento a Rosendo Ubarde, de Cerdanyola del Vallès, que era lo bastante friqui para creer, pero también fue lo bastante friqui en 1987 para construir un refugio atómico en el jardín, conmovido por las terroríficos hechos de la película Amanecer rojo. El pasado jueves, tras golpearse la cabeza mientras cambiaba la cisterna del wáter, Rosendo recordó el búnker olvidado. Tuvo que pedir ayuda a un equipo de arqueólogos, ya que el incremento en su diámetro de cintura desde la niñez (cuando ya no era una sílfide) le impedía bajar por el acceso oculto tras las hortensias. El hallazgo lo valía: el clima particularmente seco y frío de Cerdanyola había conservado en perfecto estado el refugio y los alimentos de 1987 con que Rosendo lo había provisto en caso de invierno nuclear.
Además de la Nocilla de fresa, se encontraron en el búnker varias latas de Cherry Coke, Sunkist y Fruitopía, Cheetos en sus tres variedades pre-Chester (Bolitas, Ricitos y Torciditos), Golden Grahams y yogures de Casper.
El bote de Nocilla, según los arqueólogos de las universidades de Cerdanyola y Miskatonic, podría revestir un valor histórico similar al código de Hammurabi. Un poco menos, ahora que el gordinflas de Rosendo lo ha desprecintado para probarla. «Comprendo que fracasase», valoró, después de churrupetarse un dedaco.