De la psicótica serie «El Jueves investiga: ¿Qué fue de...?»
Chucky, el muñeco diabólico: «¡Clarice! ¿Cómo están esos corderitos?»

Como sabe cualquiera que haya visto Toy Story, cuando les volvemos la espalda, los juguetes cobran vida. Todos ellos. Eso hace de Chucky, el muñeco diabólico, algo mucho menos extraordinario. Sus únicas peculiaridades respecto a otros juguetes son que es un sádico asesino y que le da igual que si el humano está de cara o mirando a Pamplona.
Un alguacil de Playmobil (literalmente, un muñeco de ocho centímetros de altura) nos conduce a través de oscuros pasillos de azulejo industrial hacia el cuarto de juegos del hospital psiquiátrico de Arkham, en Massachussets, al que nos hemos desplazado en nuestra Máquina del Misterio en una noche oportunamente inquieta. Truenos y relámpagos nos aclaman desde las altas ventanas ojivales mientras seguimos a ese ridículo muñequito articulado de gorra azul, cuya linterna no ilumina más allá de la siguiente baldosa, y que ni siquiera puede mover cada pierna por separado, lo que hace su marcha y la nuestra tediosamente lenta.
Más tarde que temprano, llegamos al cuarto de juegos. En esta sala de paredes pintarrajeadas y cojines en el suelo, donde los psicóticos pacientes de Arkham distraen una o dos horas la semana construyendo rifles de Lego o introduciéndose Mádelmans por el hojaldre, los juguetes también son prisioneros: modelos defectuosos, encerrados por sus congéneres en jaulas metálicas de las que solo salen de uvas a peras para ser mutilados por un asesino en serie o mordisqueados por algún catatónico. Mientras tanto, un ejército de G. I. Joe’s patrulla por las estanterías.
Es lo que esos juguetes merecen. Es lo que Chucky merece.
—¡Clarice! —le oímos exclamar cuando nos acercamos a su jaula, en el anaquel más alto de un rincón oscuro— ¿Cómo están esos corderitos? Oh. Perdón. Os había confundido con mi anterior visita.
Nos presentamos, y le contamos que venimos a saber qué fue de él. Y Chucky muestra su jaula, se encoge de hombros y dice: «Pues mira.»
Una Barbie demente en la jaula de su izquierda grita a los guardias que su hijo será el líder de la resistencia y que un tal Skynet destruirá la Tierra el 28 de agosto.
«Ya me he reencarnado como cinco veces, y eso no es nada, comparado con Michael Myers o Jason Voorhees. El villano no se crea ni se destruye, solo se transforma. »
Así está Chucky. Encerrado por sus propios congéneres en este agujero, pasando el tiempo mientras paga por sus crímenes. No puede envejecer, ni rehabilitarse, ni ser castigado.
—Los villanos de cine somos difíciles de finiquitar —cuenta el escarificado muñeco—. Ya me he reencarnado en distintos muñecos como cinco veces, y eso no es nada, comparado con Michael Myers o Jason Voorhees. Si me condenan a la silla eléctrica, mi alma sobrevivirá en el plástico fundido. Si me lanzan al mar, no sé, me comerá un pez espada, y entonces tendremos un pez espada asesino. El villano no se crea ni se destruye, solo se transforma.
—Y... ¿alguna posibilidad de regresar al mundo exterior? —preguntamos, no tanto por darle esperanza como por quitarnos el miedo nosotros, que ya nos lo olemos.
—Pues no creo... Ahora, en el cine, lo de la secuela descarada se lleva poco... Están más por el remake, o el crossover... Podría aliarme con algún otro juguete... De hecho, he conocido a uno que acaban de trasladar a la jaula contigua...
Y en la jaula de su derecha, oímos una desagradable ventosidad y la siniestra risilla de un bebé. Y el rostro de Cocolín aparece entre los barrotes. Y nos damos cuenta de que no era nuestro propio miedo lo que olíamos.
Salimos de Arkham y no paramos hasta alcanzar la frontera con Canadá.