Herbie: «Ríndete, KITT: ¡tus días de malhechor han acabado!»

(Viene de la entrega anterior de QFD.)
Se cerraba la noche y empezaban a reclamar el desierto los grillos y otros animales bastante más hostiles. Si hubiera existido vida vegetal en esta región de Nevada, habríamos hecho una hoguera; pero siendo la Máquina del Misterio, volcada en el asfalto, el único material combustible, preferimos juzgar que el accidente no había sido tan grave como para llegar a eso.
Hacía una hora que KITT, alias El coche fantástico, había desaparecido en el horizonte en su turbobústica huida. Pero su perseguidor seguía sin aparecer.
A eso de las once, los coyotes empezaron a interesarse por nosotros. Volvimos a meternos dentro de la furgoneta volcada, y sentados sobre la pared, arrebujados en mantas, nos dispusimos a dormirnos con la musiquilla de los depredadores arañando el cristal.
Pasaba la medianoche y los coyotes estaban empezando a concebir la idea de un abrelatas cuando se aproximó un motor bóxer de 4 cilindros, algo renqueante. Nuestra fotógrafa se encaramó a la puerta que quedaba mirando el techo. Vio congregarse a los coyotes en torno al pequeño utilitario que había frenado a pocos metros del siniestro. Entonces, los faros parpadearon, sonó el claxon, se abrió el capó un par de veces, y el coche empezó a dar vueltas en torno a nosotros, dentro y fuera de la carretera, derrapando y haciendo sonar la bocina y aleteando con las dos puertas y el maletero, persiguiendo a los carnívoros que huían a la desbandada.
El coche —un Volkswagen Beetle— se detuvo y abrió una puerta a modo de invitación. Salimos, y salió de nuestras bocas la exclamación:
—¡Herbie! ¿Eres tú?
Lo era. A la luz de la luna se apreciaban las racing stripes y el número 53. Pese a su pasado deportivo, el interior que dejaba ver remitía aún a sus orígenes domésticos: tapicería elegante con flor de lis en el techo y estera de bolitas en el asiento del acompañante.
Ninguna de las dos facetas, sin embargo, tenía que ver con su nueva profesión: agente de la Fundación para la Ley y el Orden. Primera misión —según el fax que lleva en la guantera—: arrestar y llevar ante la Justicia al traidor de la Fundación, el Coche Fantástico.
Toda esta información se la sacamos mediante un prolijo interrogatorio, ya que Herbie, a diferencia del otro automóvil viviente que hemos entrevistado, es parco en palabras. La Fundación le dotó de un radio-CD para poder poner banda sonora, como en las películas, para ayudarle a comunicar sus emociones. Música triste: estoy conmovido o empático. Música de Herb Alpert: estoy feliz y sandunguero. Luego tiene unas cuantas frases pregrabadas con voz de oso amoroso. «¡Ríndete, KITT, tus días de malhechor han acabado!» es su favorita.
Sin embargo, es posible que KITT tenga aún unos días de sobra para hacer el mal, porque la competición no está igualada. Aunque Herbie fue un buen corredor en su tiempo e incluso ganó el rally de Montecarlo en 1977, es un modelo lento y algo precario para los estándares actuales. Cuando cualquier payaso de cuello blanco se compra un todoterreno blindado con motor de doscientos caballos para ir del barrio pijo al centro cada día y a la montaña dos veces al año, ¿qué vehículos no se usarán en la vanguardia del eterno combate entre el bien y el mal?
Herbie, por su parte, circula a 60 por hora, e incluso tiene la cortesía de remolcar la Máquina del Misterio y llevarnos a un taller. La persecución será lenta, pensamos mientras le vemos alejarse desde la gasolinera hacia el amanecer que estalla en el horizonte, dedicándonos el primer verso de La cucaracha a bocinazos. Pero hemos visto demasiadas versiones de la fábula de la liebre y la tortuga para que nos sorprenda esta: El coche fantástico contra Herbie. Kitt tenía razón: la lucha está igualada.
