De la inconclusiva serie «Qué Fue De»
El otro tío de ‘Wham!’: «¿Que George Michael está en la cárcel? Vaya. Debe de ser martes»


(Viene de la entrega anterior de QFD.)
Las puertas automáticas nos franquearon el paso al aire acondicionado y una suave música country. Mesas de aluminio y carrocería roja, como Cadillacs recién encerados, se aparcaban junto a los ventanales, entre asientos de reluciente sky. Mostaza, ketchup y seis clases de mermelada en tarrinas se apelotonaban contra el cristal, viendo entre ohs y ahs el espectacular amanecer del desierto. Olía a donut y a café americano.
Nos acercamos a la barra y al mozo que la desinfectaba como si las bacterias fuese vietnamitas y el Cristasol fuera napalm. Anticipándose a la odisea que veníamos a explicarle, nos sirvió tres vasos de agua helada.
—Veo que habéis tenido problemas —dijo, levantando la cabeza como un suricata para echar un vistazo la Máquina del Misterio, que nos había dejado tirados por allí—. El mecánico no madruga tanto como vosotros. Sentaos y desayunad.
Nos encaramamos a los taburetes y miramos la carta. En un extremo de la barra había un gran bote de propinas con un cartel en cartón que rezaba: «Para pagar la fianza de George Michael.»
—¿George Michael está en la cárcel? —preguntamos al barman.
—¿Lo está? Vaya. Debe de ser martes.
—No, no era una afirmación, era una pregunta.
—Ah. Bueno, no, me consta que este mes ha estado tranquilo, pero nunca se sabe. Igual hoy se pone a fumar hierba frente en la piscina de bolas de un chiquipark, o mañana se mete en un lavabo a enseñarse las cositas con un secreta. Como ahora ya ni se esconde... De verdad, hay gente que no debería salir del armario. Yo le volvería a meter dentro; me ahorraría problemas.
—¡Un momento! —gritamos, como hacemos siempre que inesperadamente sale a nuestro encuentro la persona cuyo nombre da título al artículo. Solo que esta vez, el nombre se hace esquivo. —Tú eres... tú... ¡tú eres...!
Diríamos que lo tenemos en la punta de la lengua, pero reconozcámoslo: no está tan cerca de salir. Está en lo más profundo de nuestra memoria, sepultado bajo un montón de conocimientos inútiles, remoloneando entre los pliegues cerebrales y pidiendo cinco minutos más, como un adolescente al que le toca ir a clase.
Él se apiada de nosotros, comprensivo, y completa la frase:
—El otro tío de Wham! Aunque mi madre me llama Andrew, y los inspectores de hacienda me llaman señor Ridgeley. Andrew Ridgeley para vosotros, si os parece.
La historia es breve: después de salirse por arriba de las listas de éxitos en los ochenta con el dúo Wham! (Wham!UK en Estados Unidos, para distinguirles de otro dúo yanki con el mismo nombre), George Michael y Andrew Ridgeley siguieron caminos tan separados como pueden seguir los personajes de un cuento de los Grimm. George inició una brillante carrera en solitario entre arresto y arresto; Andrew comprobó que era inepto en un par de cosas (actor y piloto de carreras) y decidió volver prontito a Inglaterra, restaurar una granja, casarse con una de las Bananarama y aquí paz y después gloria.
—Pero qué queréis que os diga. Desayunándome cada día con un escándalo de George en el Times se me atragantaban las tostadas. El éxito es... divertido al principio, pero hay que saber saltar a tiempo. Como un tren descarrilando. Bueno, salvo por lo de ser divertido al principio. Es igual, tampoco sirvo para las metáforas. El caso es que yo salté, pero dejé a George montado encima de la locomotora, agitando los pantalones en el aire y gritando: «¡Woo-hoo! ¡Próxima estación, el Olimpo!
—Esa metáfora no ha estado mal.
—Gracias. Total, que Keren, mi mujer, me veía sufrir y me dijo: «George, si tanto te preocupa, ve a por él. Sé su conciencia.» Y bueno, ella también necesitaba que yo me quitase un poco de en medio para atender su negocio de trata de blancos, así que ya lo ven. Vine a Estados Unidos, abrí un negociete, con los beneficios pago los desaguisados de George... Incluso estudio derecho por correspondencia para defenderle en los juicios.
Mientras contaba todo esto, Andrew nos ha preparado unas deliciosas tortitas que ahora anegamos en jarabe de arce. Nos dejó desayunando cuando recibió un llamada al móvil.
—Vaya. Tengo que irme. George quería comprobar si era ilegal llevar botas de cowboy sin poseer vacas en Burromuerto, California, y se ve que sí que lo es. Voy a sacarle del cuartelillo. Dios, ser el abogado de George Michael es como ser el Pepito Grillo de Adolph Hitler. Hey, eso es otra buena metáfora, ¿no?
Quizá Andrew tiene razón. Pero ser el amigo al que George Michael telefonea cada vez que un sheriff le dice «puede hacer una llamada»... ¡Eso no tiene precio! Incluso aunque al llamarte no recuerde tu nombre y diga «hola, otra mitad de Wham», que es lo que le hemos oído por el móvil.