De la multicromática serie «Qué fue de»
Cartoons: «¿Volver a la música? No; ya nos rehabilitamos, gracias»

A finales de los 90, una generación de músicos de la Europa guay puso banda sonora autóctona al peregrinaje de la eurotrash por el sur. Venían del frío y el hormigón para disfrutar del calor y las palmeras rosas, de Ibiza a Corfú, y traían su propia música. Era la eclosión del eurodance y el bubblegum pop. Eran los días de los Vengaboys y Aqua. Por aquel entonces, un grupo apareció de la nada (o de Dinamarca, aseguran otros) vistiendo tupés de algodón de azúcar y tocando instrumentos con forma de zanahorias y pistolas; versionaban temazos rockabilly, hicieron su Witch Doctor (la canción en la que se basa el dicho «pim, pam, toma lacasitos»), coronaron la lista de éxitos inglesa, y luego se esfumaron. Y Europa dio por sentado que todo había sido un sueño.
No lo fue. Existieron. Se llamaban Cartoons, y su éxito no fue una alucinación colectiva. Al menos, no la nuestra.
Visitamos la ciudad de Aarhus (llamada Århus hasta el año pasado), en Jutlandia, Dinamarca. Nuestra investigación nos ha traído a un suburbio chusco de la periferia. Estacionamos las bicicletas de alquiler y subimos al duodécimo piso de un bloque de viviendas subvencionadas. Torvos punks ojoazulados de dos metros de alto + 30 centímetros de cresta pueblan los descansillos.
Peter S. (hemos preferido omitir los nombres) nos recibe en camiseta imperio y cara de acabar de despertarse. De haber hibernado desde diciembre. Cuando le preguntamos por los Cartoons, asegura que no sabe de qué hablamos. Pero entonces un hurón se le sube a la cabeza, y viéndolo así, con un tupé que se asoma al borde de su colodrillo para olfatearnos, sabemos que no nos equivocamos. Es él, el cantante. Toonie.
Y entonces suspira, cansado, y dice: «Ah, sí... Vienen por lo que pasó en los noventa... Pasen, pasen.»
Cartoons no fue una alucinación europea. Fue más bien un viaje psicotrópico de sus propios componentes. «Éramos jóvenes y experimentábamos», cuenta Peter a modo de excusa, mientras lía un cigarrillo y busca el mechero entre la metrópolis de botellas que ocupa la mesilla. Es su forma de decir: ya no experimentamos; nos drogamos con lo conocido. «Vacaciones a Ibiza, visitas en Amsterdam... íbamos donde nos llevaba la corriente. Creo que el fenómeno empezó en una rave en Berlín. Nos vendieron unos hongos y nos dijeron: 25 máximo por persona. Joder, y resultó que se refería a gramos, no a hongos en sí. Y bueno, a partir de esa noche... tenemos recuerdos fragmentarios de un estudio de grabación, ruedas de prensa, conciertos... Supongo que eso fue Cartoons.»
Del dormitorio salen las gemelas, Puddy y Boop, medio envueltas en una sábana como cadáveres en celofán, camino del baño. No parecen reparar en nosotros. Peter apenas las ve; mira la tele. En la pantalla se persiguen en silencio el Coyote y el Correcaminos.
Eso fue Cartoons. Tres años. Dos discos. Una gira por todo el continente. Todo ello producto de una sola ingestión de drogas sintéticas influenciada por la dance culture y los dibujos animados. «El bajón fue bastante duro», reconoce Peter. «Nos pilló cuando estábamos preparando el tercer álbum, pero por aquella época ya teníamos el metabolismo tan lento que sonábamos un poco las más lentas de Sigur Rós. La discográfica acabó por despegarnos del sofá con una espátulas, nos puso en la puta calle, y lo siguiente que recordamos es una clínica de desintoxicación.
No es la primera contribución que las drogas han hecho al arte: los viajes de Edgar Allan Poe, Timothy Leary, Philip K. Dick, Iggy Pop y muchos otros son hoy, para fortuna nuestra, parte del patrimonio cultural humano. Los Cartoons, actualmente, superan apenas una larga resaca que legó uno o dos rompepistas al mundo, y eso es más de lo que el 99% de borrachos puede decir. Sin embargo, no volverán a intentarlo. «¿Música? Ni pensarlo. Ya nos rehabilitamos, gracias.»
