De la episódica serie Qué Fue De
Undrop y Deviot: «¡Lo importante era que nos gustase a nosotros!»

(Viene de la entrega anterior de QFD.)
Al otro lado del cristal arreciaba la lluvia y una estruendosa tormenta eléctrica daba cuenta de las antenas de televisión. Desearíamos haber estado ahí fuera. El ambiente era menos tenso que dentro de la oficina.
Durante la pausa dramática, bastante larga para darnos tiempo de echar unas fotos, los asaltantes permanecieron de pie en el umbral, recortados apenas en la penumbra. Lo que al principio habíamos tomado por kalashnikovs resultaron ser, a la luz del primer relámpago, una guitarra y un bajo eléctrico.
Fido Dido —ex mascota de 7Up, hoy CEO de Pepsico— empezó a rotar en su propia silla al otro lado del despacho, revelando su impaciencia:
—¿Queréis algo, o habéis venido a posar?
—¿Qué pasa? —dijo una de las figuras, avanzando al interior de la oficina— ¿También me vas a decir que el bajo entra tarde?
Entonces les reconocimos. Una mayoría de cabellos rubios y ojos azules sobre una minoría hispana, y una hegemonía absoluta de camisas de lino sin planchar, pan integral y aire garajero. Dos tercios de Suecia y uno de España. Son ellos. Undrop. El grupo que conoció el éxito en virtud de una canción —qué va, de un estribillo— estratégicamente colocado en un anuncio de Pepsi en 1996.
Fido Dido plantea la cuestión por todos nosotros, en un tono algo más arrogante de lo que desearíamos:
—¿Aún estáis vivos?
—¿Sorprendido, yuppie? —pregunta el cantante, regodeándose en el acento vikingo— ¿Te creías el único capaz de dar o quitar la vida a una banda a su antojo? ¡Nos disteis voz, nombre, una plataforma de despegue, y luego os cansasteis de jugar a ser Dios y nos dejasteis solos!
—Por Cristo, ahórrame el rollo espiritual —suelta Fido Dido, recuperando fugazmente la laxitud y pasotismo que le hicieron famoso al poner los pies sobre la mesa y descartar la amenaza con un movimiento de muñeca—. Firmasteis un contrato por un año; pasó el año, y no aprendisteis a caminar solos. Perdisteis el tren.
—¡No nos hables de trenes! —ruge el batería— ¡¿Dónde estabas tú cuando agonizábamos en un festival de verano presentando las canciones del nuevo disco y una turba enfurecida nos ató a las vías por no cantar el dichoso hit del tren?! ¡¿Eh?!
Aquí la fotógrafa intercaló, asombrada: —¿Teníais más discos?
—¿Teníais más canciones? —añadió el productor.
—Las tuvieron —contesta Dido, indolente—, pero no gustaron a nadie.
—¡Lo importante era que nos gustase a nosotros! —grita el cantante— ¡Tú nos metiste esas ideas en la cabeza! ¡No nos diste más que mentiras!
—¡Se llaman eslóganes! —grita Fido, volviendo a su rol de consejero delegado y castigando la mesa con un nuevo puñetazo— ¡Es lo que hacemos en esta empresa, refrescos y márketing, nunca grupos musicales! ¡Así que os ruego que volváis a encender las luces del edificio y os vayáis por donde habéis venido!
—¿Qué luces? —pregunta entonces el tercio español de Undrop— ¿No era un apagón fortuito? Estábamos en el pasillo cuando se han apagado.
Todos intercambiamos miradas, y en ese momento la luz del día disminuye un poco más. Consultamos la ventana panorámica: cuatro siluetas negras cuelgan de cables al otro lado del cristal, que tarda un segundo en ceder bajo el fuego de lo que, a primera vista, parecían guitarras eléctricas, pero resultan ser kalashnikovs.
Nos echamos al suelo. No necesitamos levantar la cabeza para reconocer las tres siluetas femeninas y una masculina que han invadido la oficina. Son Deviot. El segundo grupo que lanzó Pepsi.
Fido Dido, despabilado de pronto bajo el fuego real, acierta a preguntar desde debajo de su mesa:
—¿Os habéis puesto de acuerdo para armar ruido el mismo día?
—No es ruido —pronuncia la cantante, saboreando cada letra—: es música.
Recordamos abandonar la última planta del edificio Pepsi arrastrándonos por la moqueta, dejando atrás la banda sonora de guitarreo y semiautomáticas.
