El 90% de peleas en el Viejo Oeste eran por pagar la ronda
Frases como «en este pueblo no hay sitio para los dos» eran menos comunes que «¿qué pasa, que mi dinero no vale?»

La historia se ve muchas veces empañada por leyendas negras, ora para descrédito de credos e usos pasados, ora por añadir tralla a una asignatura por lo demás aburridísima. Un caso claro acaba de ser destapado en la revista de investigación Facts’R’Us por Zebediah McMurdo, historiador especializado en el Viejo Oeste —época muy agradecida de estudiar porque hay muchas pelis para documentarse—.
Contra la fama de violencia bárbara y ley del revólver que pesa sobre aquella época, McMurdo ha destapado que el Far West era un edén del buen rollo, donde «todo el mundo era tan educado que acababan dándose de tollinas». Según McMurdo, un 90% de las peleas en los salones aquellos de puertas abatibles y bailarinas de can-can se debían a discusiones por pagar las cervezas (del palo «no, déjame a mí», «que no, por todos los diablos, estamos en Carolina del Norte que es mi tierra»), argumentos que en cuanto el señor de la pianola empezaba a tocar se trocaban por puñetazos, puñaladas y algún tiro entre ceja y ceja.
McMurdo se atreve a revelar incluso que el famoso Buffalo Bill murió tras pasar tres horas en la puerta de la comisaría junto al alguacil, cediéndose el paso mutuamente e insistiendo en el «no, no, usted primero», hasta que, al fin, hicieron ademán de entrar los dos a la vez, toparon y se liaron a tiros.
Asimismo, todo parece indicar que los pieles rojas no cazaban cabelleras, sino que obsequiaban a los colonizadores con tratamientos exfoliantes nacidos del extenso conocimiento dermatológico de sus chamanes, y luego se retiraron ellos solitos a las reservas porque vieron que los otros necesitaban sitio para los chalés.
McMurdo prepara ahora otro trabajo de carácter revisionista sobre la peste bubónica, provisionalmente titulado: «El catarro negro: lo que no mata, te hace más fuerte.»