De la pleuronectiforme serie «Qué Fue De...»
Leif Garrett: «A todo ídolo ‘teen’ le llega su San Martín... ¡Y rima mejor que con los cerdos!»

Leif, en los 70, cuando no tenía que ponerse un perro en la cabeza para que el pelo cayera sensualmente sobre sus hombros.
Recibimos con sorpresa, consternación e incómodos silencios al teléfono la noticia del cierre de la Súper Pop, ese boletín quincenal de mitomanía que ha alimentado durante décadas el acervo de futuros protagonistas de QFD. Asistimos a un sepelio simbólico en casa de Conchita Pelleja, una amiga de Santander (y nuestra) que, en contraste con la fidelidad perentoria de la mayoría de lectoras, no dejó de comprar la revista desde su adolescencia hasta la menopausia, guardándola celosamente en su casita de la sierra, para enojo de su marido y dicha de los fabricantes de estanterías.
Asistimos un buen número de amigos y conocidos, llevando nuestras pulseras de la suerte y calcomanías de La historia interminable; enterramos el muñeco hinchable de Nick Carter y leímos en voz alta tests de personalidad, entre otras chorradas. En un momento especialmente emotivo nos escapamos los tres hacia el lavabo bajo el pretexto de meternos una raya, que es la excusa que ponemos siempre que vamos a mear; y mientras la fotógrafa hacía pis y productor y redactor esperábamos turno, oímos una música esbozada al otro lado de la cortina del baño.
Abrimos la cortina, y encontramos a un perroflauta okupando la bañera.
—Perdonen —dijo en inglés—. ¿Les he molestado? Tengo la costumbre de ofrecer hilo musical a los invitados de Conchita, como pago por mi estancia.
—¿Vive usted en la bañera de Conchita?
—Sólo desde abril. Me habría ido ya, pero ella está encantada con que me quede. No tanto su marido, me temo, que lleva ya dos semanas meando en las hortensias. Por eso están tan lozanas.
Desconocíamos esta faceta caritativa de Conchita, a quien teníamos más por una fetichista con la edad mental del pavo que por filántropa capaz de alojar a sin techos en su lavabo. Aunque no es un sin techo cualquiera: algo en su cara resulta familiar...
Entonces el perroflauta, solidario con nuestro esfuerzo fisonomista, coge a su perro, que es una masa de pelo informe encallada en el desagüe, se lo coloca sobre la calva, y entonces sí, enmarcado en la melena rubia, nos damos cuenta de que estamos hablando con...
—¡Leif Garrett! ¡El ídolo adolescente de los 70! ¡El juguete roto del pop! ¡El Justin Bieber de la guerra fría!
—¿Justin? ¡Ja! —ríe Leif, despegándose al perro de las sienes— Ya puede prepararse ese niñato. Como decís los españoles, a todo ídolo teen le llega su San Martín.
—Eso se dice de los cerdos. A todo cerdo le llega su San Martín.
—¡Eso no rima! El caso es que Justin puede ir dejando de conformarse con la adoración de las masas y empezar a pedir favores. Sí, ahora Justin empapela las carpetas de menores de edad que le exprimen contra su elástico busto juvenil; yo también estuve ahí en los 70. Pero, ¿dónde estará Justin dentro de cuarenta años?
—Pues... ¿en la bañera de Conchita? —aventuramos nosotros.
—¿Sabéis por qué estoy yo en la bañera de Conchita? En 1979, la discográfica organizó un concurso para alojar a Leif Garrett en casa de una fan durante su paso por España. Naturalmente, era una patraña; yo me alojé en un hotel a kilómetros de cualquier cosa con brackets; pero esas niñas recortaron y enviaron el cupón de inscripción sin saber que se comprometían a alojarme gratis en sus casas alguna vez en la vida. ¿Sabéis lo bien que me ha venido eso? Llevo seis años de viaje por Europa, viviendo en casa de señoras que a los quince años soñaban con tenerme durmiendo en sus camas bajo los cuadros de payasos saxofonistas!
—Qué buen nombre para un grupo de Féisbuc —intercalamos nosotros—: «señoras que a los quince años» etc., etc.
—En vez de en sus camas, duermo en su bañera, pero bueno. Quizá es menos húmedo y todo —exclama Leif, subrayando el chiste con un rasgueo de guitarra—. Y así voy haciendo tiempo mientras preparo mi retorno.
—Esto demuestra que el fenómeno fan es fugaz, pero la fidelidad del fan es foréver —concluimos, sin darnos cuenta de la cantidad de efes que hay en esa frase.
—Eh, y si quisiera, aún podría volverlas locas —asegura el perroflauta calvo que vive en la bañera de Conchita—. Pero para qué, si están todas viejunas.